Lesbianas rompiendo el clóset

No fue fácil sentirme diferente. Resulto muy complicado romper con las expectativas que todo el mundo tenía de mí. Reconocerme fue un proceso doloroso porque desde niña me enseñaron a guardar silencio, a obedecer sin preguntar, a ser objeto de admiración sin dejarme elegir lo que me gustaba. Al día de nacer, me perforaron los oídos y me vistieron de rosa. Conforme fui creciendo me enseñaron que mi papel en la vida se limitaba en “ser bonita”. Mi rol era pintarme las uñas, usar vestidos, hacer labores del hogar y cuidar un bebé de plástico. Nunca me sentí identificada con
abril 21, 2017

No fue fácil sentirme diferente. Resulto muy complicado romper con las expectativas que todo el mundo tenía de mí. Reconocerme fue un proceso doloroso porque desde niña me enseñaron a guardar silencio, a obedecer sin preguntar, a ser objeto de admiración sin dejarme elegir lo que me gustaba.

Al día de nacer, me perforaron los oídos y me vistieron de rosa. Conforme fui creciendo me enseñaron que mi papel en la vida se limitaba en “ser bonita”. Mi rol era pintarme las uñas, usar vestidos, hacer labores del hogar y cuidar un bebé de plástico. Nunca me sentí identificada con eso y menos cuando me di cuenta que mi hermano podía jugar en la calle, tener cochecitos, levantarse tarde y ver la televisión todo el día ¿Por qué a él lo llevaban al parque a jugar fútbol y a mí sólo me dejaban llevar una carriola con muñecas?

Mi mamá y mi papá me decían que algún día un príncipe como el de las películas de Disney llegaría para hacerme feliz. ¡Odiaba que me lo recordaran a cada momento! ¿Un príncipe? ¿Para qué? ¿Hacerme feliz? Yo podía serlo por mí misma. Además, nunca me llamaron la atención esos “príncipes”; en cambio, las princesas me resultaban particularmente especiales, por su inteligencia, creatividad y belleza.

Todo eso siguió hasta que durante mi adolescencia corroboré lo que sabía desde hace muchos años: me gustaban las mujeres. No estaba confundida como una maestra me dijo cuando se lo conté. Tampoco era un pecado como mi mamá me reprochó el día que se lo confesé. Era mi realidad y hablarla no fue fácil. Fue doloroso. Porque personas que consideraba amigas me olvidaron. Porque mi papá me corrió de la casa al enterarse y mis compañeros de la escuela me hostigaron para que tuviera un trío con ellos porque esa siempre había sido su fantasía sexual.

Trailera, tortillera, machorra y lencha son algunas de las palabras que escuchado en el lenguaje florido para referirse a mí en la calle cuando me ven besando con mi novia. También han sido los adjetivos que he recibido dentro de la comunidad LGBTI. Nunca por mi nombre, siempre bajo el prejuicio machista.

En más de una vez, no me he sentido representada en las organizaciones por la diversidad sexual, a pesar de ser la primera letra de las siglas del movimiento LGBTI. Mi voz también ha sido silenciada en esos espacios. Mis demandas pocas veces han sido tomadas en cuenta, aunque también he constatado la apatía de otras lesbianas por tomar las riendas en las acciones a favor de nuestros derechos.

De la lesfobia poco se habla aunque ésta permea todos los espacios. Debemos alzar la voz acerca de lo que sentimos, pensamos y deseamos. Necesitamos visibilizar nuestros cuerpos, problemáticas y demandas. Soy lesbiana y estoy orgullosa de serlo. No es posible hablar de igualdad sino luchamos por ella todas y todos. Las lesbianas debemos romper el clóset del machismo y de la heterosexualidad. Alza la voz, por ti, por nosotras, por todas.

Gracias por leernos. Le recordamos que el 26 de abril es el Día de la Visibilidad Lésbica y ahora le invitamos a dejar sus comentarios en nuestra cuenta de Twitter @FDCRadio

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