La comunidad LGBTI+ en Edomex salió del clóset… pero no de la exclusión

La comunidad LGBTI+ en el Estado de México es amplia, joven, activa y educada. Pero también es una de las más discriminadas y violentadas del país
junio 10, 2025

En el Estado de México (Edomex) vive la mayor cantidad de personas LGBTI+ del país: casi medio millón. No obstante, ese volumen demográfico no se traduce en una vida con igualdad de derechos, acceso digno a la salud, empleo libre de prejuicios o garantías reales contra la violencia. Las estadísticas confirman lo que las calles y las aulas no disimulan: en el Edomex, ser parte de la diversidad sexual implica vivir bajo una desigualdad estructural, con consecuencias que van desde el intento de suicidio hasta la precarización económica.

El rostro de la comunidad LGBTI+ mexiquense es joven: dos de cada tres tienen menos de 30 años. Pero ser joven y diverso en el Edomex es asumir riesgos adicionales: casi la mitad de quienes tienen entre 18 y 29 años han sido discriminados recientemente. La forma de vestir, la manera de amar o la identidad de género son aún causales para ser rechazado por un médico, burlado en la escuela o despedido del trabajo.

Pese a su número, la comunidad LGBTI+ sigue en condiciones de marginalidad social. El 66% de sus integrantes dice estar satisfecho con su vida, 13 puntos menos que la población heterosexual. El dato no es anecdótico: está correlacionado con los altos niveles de ideación suicida (26%) y los intentos de suicidio (14%) que la Encuesta Nacional sobre Diversidad Sexual y de Género (ENDISEG) reporta para este grupo. La salud mental es el indicador más crudo de un sistema social que todavía no sabe habitar la diferencia.

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Movilidad educativa y laboral

Uno de cada cuatro miembros de la comunidad logra cursar estudios universitarios, lo que refleja esfuerzos individuales de movilidad educativa. Pero también evidencia una pérdida de capital humano: siete de cada diez se quedan en el nivel básico o medio superior, en parte por entornos escolares donde la exclusión sigue siendo normalizada.

En el empleo, la situación se agrava para las mujeres trans, con una probabilidad de 18.8% de ser rechazadas en un trabajo solo por su identidad. La mayoría de la comunidad trabaja en el comercio, los servicios o por cuenta propia, sectores con salarios bajos y poca seguridad social. Así, aunque las tasas de ocupación son similares a la media estatal, la calidad del empleo suele ser inferior. A esto se suma el hecho de que la mitad no accede a servicios públicos de salud, ya sea por exclusión del sistema o por temor a ser maltratados.

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Leyes antidiscriminación


El Edomex presume leyes antidiscriminación y de identidad de género. Pero tener derechos no es lo mismo que ejercerlos. La violencia LGTBfóbica es cotidiana y subregistrada. En 2022, el Edomex fue el segundo estado con más reportes de violencia contra personas LGBTI+, con 97 casos documentados. La cifra es apenas una muestra: el 45% de quienes sufren discriminación no la denuncia, convencidos de que no les harán caso o que no servirá de nada.

La ausencia de una figura legal clara sobre crímenes de odio en el Código Penal estatal complica aún más el acceso a la justicia. Sin tipificación, no hay castigo; sin castigo, se perpetúa la violencia. La Comisión de Derechos Humanos estatal recibe quejas, pero no las publica en informes claros. Las fiscalías no cuentan con protocolos especializados. Y la política pública, cuando existe, llega tarde y con recursos insuficientes.

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La comunidad LGBTI+ en el Estado de México es amplia, joven, activa y educada. Pero también es una de las más discriminadas y violentadas del país. La paradoja es brutal: donde hay más diversidad, también hay más exclusión. A pesar de los avances legales, la desigualdad persiste como norma. Las cifras no mienten, y son el espejo de una sociedad que aún castiga la diferencia.

Si el Edomex quiere presumir de inclusión, deberá pasar de las leyes al cambio estructural. No basta con contar a la comunidad: hay que garantizarle una vida digna, libre y segura. Solo entonces las estadísticas dejarán de ser diagnósticos de desigualdad para convertirse en indicadores de justicia.



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