La presentación ante una autoridad del Estado de Nuevo León de un personaje como Alfredo Jalife-Rahme, columnista de La Jornada, en virtud de las acusaciones de “difamación y calumnia” en su contra, desde el año pasado, se ha manejado, en mi opinión, indebidamente como un ataque a la libertad de expresión.
Una cosa es expresar opiniones libremente y otra muy distinta realizar afirmaciones sin pruebas. De hecho, la denuncia se presentó ante la Fiscalía, quien en ejercicio de sus facultades valora si existen elementos en una primera instancia para proceder. El asunto está en manos de las autoridades y habrá que esperar el resultado final.
Sin embargo, es momento propicio para abordar lo importante, que es el actuar ético de los medios de comunicación y las personas que en ellos trabajan. En una época donde parece que llegaron para quedarse las Fake News, es muy fácil escudarse en la libertad de expresión cuando en realidad se trata de ejercicios de manipulación.
Resulta oportuno reproducir lo expresado en la FIL de Guadalajara por Pablo Iglesias:
«1) No hay línea divisoria entre el periodismo y la política. Los medios de comunicación son actores políticos y los grandes actores ideológicos de nuestra época.
2) Los medios de comunicación no son meros transportistas de la información. No puede haber periodismo sin intencionalidad política.
3) La gente no milita en los grandes partidos políticos, en general; milita en los grandes medios de comunicación, que establecen las jerarquías, los marcos, los enfoques.«
De lejos, lo mejor es que no se crea todo lo que se maneja en los medios de comunicación y redes sociales, por si las dudas, ser reflexivos y formar un criterio propio, ¡libertad de expresión, SÍ, manipulación NO!


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