Las denuncias, señalamientos por corrupción, conflicto de interés, tráfico de influencias y abuso de autoridad, contra Armando Alonso Beltrán manan como agua de un géiser. A la redacción de AD llegan nuevas y abundantes acusaciones. Los detalles sobre un cúmulo de irregularidades en el ejercicio actual de su encargo de vocal de la Comisión del Agua del Estado de México (CAEM) deberían ser inaceptables para un gobierno que tiene como principio el combate a la corrupción. Es incomprensible la tolerancia para con él.
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En el oriente habitan quizá más de 13 millones de los 18 millones que pueblan el Estado de México, según el último censo del INEGI. La mayoría en condiciones de pobreza. El dato por sí mismo lo explica todo. La decisión de la presidenta Sheinbaum para enfocar allí los esfuerzos del gobierno federal es estratégica y de elemental justicia social. Los tiempos del tolucentrismo terminaron.
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La mitad de los mil millones de pesos de financiamiento público que recibirán los partidos políticos con registro el próximo año en el Estado de México serán para la alianza que impulsa al segundo piso de 4T: Morena, PVEM y PT. En 2025 serán los nuevos ricos del sistema político de partidos. Tienen programa y dinero, así está en chino que al diputado y líder estatal de Movimiento Ciudadano le alcance el aliento para ver la caída de Morena y tomar protesta como gobernador. Se vale soñar.
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Uno de los mayores capos del narcotráfico que ha tenido el Estado de México murió, como vivió, en el anonimato. Lo mataron el año pasado, un mes antes de las elecciones. Un comando de asesinos profesionales lo ejecutó en uno de sus ranchos en Querétaro. Álvaro Sánchez Sánchez se llamaba y le decían “El Tartamudo”. Era un criminal de altos vuelos que importaba grandes cantidades de cocaína y fentanilo de Centroamérica, que vendía en Estados Unidos. Su fachada era de ganadero. Tenía helicópteros, jets y propiedades por todos lados, particularmente en Querétaro, Hidalgo, Guerrero, Michoacán y aquí mismo. Los servicios de inteligencia lo ubicaban como jefe y socio de los hermanos Hurtado Olascoaga, operadores de “La Familia”. Él era el verdadero jefe, aseguran. Hasta ahora se habla de su muerte y lo que ha provocado en el mundo criminal. Allí puede estar una de las explicaciones a la violencia actual entre grupos.
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El secretario de Seguridad Pública, Cristóbal Castañeda Camarillo, es un táctico, quizá un buen operativo, pero no más. Sus resultados lo ubican. Casi 5 meses después de haber tomado el mando, las cosas no son mucho mejores que antes. Los buenos resultados que hay en aspectos específicos no pueden atribuírsele a su estrategia que, hay que decirlo, es exactamente la misma que la de su antecesor, Andrés Andrade. Quizá falte tiempo para hacer una evaluación justa, el beneficio de la duda le asiste todavía.


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