Operación Leylani
Desde hace semanas, la síndica morenista Leylani Richard —única voz crítica dentro del gobierno panista de Atizapán de Zaragoza— se convirtió en blanco predilecto de una operación quirúrgica de desprestigio. El montaje incluyó cámaras, camioneta blindada con placas sospechosas y un escándalo narrado con precisión criminal en redes sociales. Todo demasiado perfecto. Detrás del libreto, asoman las garras de un grupo viejo, rancio y aún poderoso: “La cloaca”, esa red de rufianes del régimen anterior que todavía controlan pedazos del territorio, áreas de seguridad pública y, dicen, algo más. No están en el poder, pero siguen mandando. A Leylani le cobraron caro el pecado de pisar los callos equivocados. Y lo que vimos fue solo la advertencia.
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La cloaca respira
Nadie la nombra en público, pero todos la conocen. La cloaca política del Edomex sigue viva, activa, voraz. No tiene ideología, tiene negocios. Ahí convergen rufianes de todos los partidos: operadores reciclados, exfuncionarios insaciables, mandos policiacos con historial oscuro, exdiputados con residencia en Miami y nexos en Almoloya. Son los mismos que sembraron cabezas de cerdo en campañas pasadas, que operaron secuestros como mensajes cifrados y asaltos para amedrantar a quienes los denuncian. Hoy han infiltrado sus intereses en el conflicto universitario, en la campaña soterrada contra la gobernadora Delfina Gómez y en los embates palaciegos para debilitar a Horacio Duarte. También intervinieron en la elección judicial local y fueron quienes armaron el montaje fotográfico para exhibir al entonces presidente del PRI, Ricardo Aguilar, en una situación incómoda dentro de un automóvil con un joven. Y más recientemente, han intentado vincular sin pruebas a la alcaldesa de Valle de Bravo, Michelle Núñez, con personajes del crimen organizado. En esa cloaca convergen hampones del PRI, del PAN, de Morena y otros defenestrados que no soportan el aire limpio. No lo hacen por principios, sino por instinto: están hechos para ensuciar. Y lo peor: siguen sueltos, protegidos por el silencio y la costumbre.
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Tortilla: negocio redondo, silencio cuadrado
En el Edomex se consumen más de mil quinientos millones de kilos de tortilla al año. Es un alimento, sí, pero también un negocio de más de 33 mil millones de pesos anuales. El reciente aumento de $2 por kilo no es anecdótico: significa una extracción directa de 3 mil millones de pesos más, pagados por quienes menos tienen. Y mientras tanto, nadie fiscaliza, nadie regula, nadie protesta. La tortilla se ha vuelto invisible en el discurso público: no hay conferencias, ni debates, ni movilizaciones. El alza se normaliza con una frase estúpida: “es que todo sube”. Pero no todo cuesta igual. Para millones, el kilo de tortilla es la frontera entre alimentarse o no. Y mientras se trivializa, alguien está haciendo fortuna.
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Carlos Iriarte cruza el río
Carlos Iriarte pudo ser gobernador, pero el PRI le cerró el paso. No le deben y no debe. Lo suyo fue siempre la operación fina, la estrategia de fondo, la ingeniería electoral que otros capitalizaban. Hoy, Iriarte hace bien en aceptar la mano tendida de la 4T como cónsul en Boston. Lo peor que puede pasarle a un político es quedarse sin opción. Y él la encontró sin resentimiento, sin escándalo, con discreción. Ojalá ahora se sume al segundo piso de la transformación, con la misma pericia con la que operó tantas veces en las sombras.
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Privilegios para unos, espera para todos
En el Estado de México los hospitales mejor equipados son para ricos. Clínicas de lujo, quirófanos inteligentes, suites con chef. Mientras tanto, el sistema público se desangra en listas de espera, recetas vacías y médicos reventados. Lo privado se ha vuelto aspiración, aunque no siempre calidad. Y lo público, castigo. Pero no hay salud verdadera si el acceso depende del ingreso. Ojalá lo entienda la secretaria Macarena Montoya: lo público debe ser mejor que lo privado. No por ideología, sino por justicia.


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