Los Reyes Magos: entre la ilusión y el contrahechizo de la edad

Mirar en el cielo las tres estrellas en fila y saber —porque tu madre lo ha dicho— que son tres reyes; que te observan, que son magos y que, si te portas bien, el 6 de enero harán aparecer regalos en el pasillo amarillo que conduce a la cocina.

No saber entonces que las estrellas que se ven pertenecen al cinturón de la Constelación de Orión y que la tradición —como casi todas las de diciembre— tiene su explicación y adecuación hecha por el cristianismo; no saber que lo más cercano a la referencia está en los Evangelios Apócrifos, en los que se menciona que unos magos llegados de Oriente fueron guiados por una estrella para adorar al rey de los judíos que acababa de nacer.

Ir a la cama y, en un principio, no poder dormir porque la emoción no lo permite y en esa inquietud idear un plan para permanecer despierto y sorprenderlos entrando por ¿dónde?, ¿la puerta?, ¿la ventana?, ¿el trozo de vidrio que falta en la tronera del comedor? Entonces creer la versión de la hermana mayor de que como son magos pueden reducir su tamaño y entrar por debajo de la puerta.

No saber entonces o no relacionar el término “mago” con lo que probablemente fueron: astrólogos cuya probable existencia se fusionó con la tradición literaria medieval de una pieza de la literatura española del siglo XII llamada Auto de los Reyes Magos.

Resistir, resistir, resistir el sueño y creer que es posible permanecer sin dormir hasta que un ruido tempranero lo desmiente y se hace consciencia de que, seguro, los tres reyes: Melchor Gaspar y Baltazar ya trajeron los juguetes.

No saber que el que sean tres puede tener relación con la santísima trinidad o con el número de regalos que llevaron al niño Jesús y que los nombres pueden provenir de la mencionada obra literaria o de la aparición de los apelativos —por primera vez— en el mosaico del siglo VI en la basílica de San Apolinar el Nuevo en la ciudad italiana de Ravena.

Salir y ver el pasillo con tantas cosas —muchas algunos años, pocas en otros— puestas, según corresponda, cerca del dueño del zapato dejado la noche anterior. Estrenar los juguetes con la ropa de dormir puesta, reírse, jugar, investigar cómo funcionan y mirar los regalos de los hermanos; en ese momento no importa si la bicicleta otra vez no llegó, o si la muñeca parece imitación de la que se solicitó por carta.

No saber que el probable origen de poner los zapatos bajo el árbol es una leyenda que dice, por no querer verlo descalzo, amigos del niño Jesús intentaron regalarle unos usados que lavaron y trataron de limpiar para que parecieran nuevos, y dejaron en el balcón para secarse. Esos zapatos aparecieron, milagrosamente, al día siguiente llenos de regalos y dulces —dejados por los Reyes Magos— como premio a su buen corazón.

Importa jugar y sentarse en el pasillo amarillo, emocionados, descalzos, a mostrar a mamá —porque papá ya se ha ido a trabajar y, qué pena, no puede ver la cara de asombro— uno a uno los juguetes: lo que hace el mecano, la mochila brillante, el peluche enorme, los dulces, incluso la ropa, el juego de mesa o lo que sea que los Reyes Magos hayan hecho aparecer.

No saber que los regalos que dejan los Reyes Magos cuestan y tampoco que no en todas las casas se ponen zapatos, sino que los obsequios se dejan en el árbol de navidad; que hay niños que dejan leche y galletas y que en algunas casas siempre dejan lo que se les pidió o que en otras ni siquiera llegan.

Pasar el día entero jugando, comiendo apenas, peleando mucho con los hermanos, ahora sí reclamando lo que faltó por traer y escuchando las versiones de mamá de que quizá no lo encontraron o que era caro y que los reyes deben comprar a todos los niños del mundo, como sea, pensando que, tal vez, ese es el mejor día del año.

Ignorar que el Día de Reyes es finito y que la magia termina con el contrahechizo de la edad y que no habrá otro momento tan feliz como el despertar de un 6 de enero en una casa en la que — poco o mucho— sí llegan los reyes magos.