Cuando un familiar de Emanuel, la supuesta víctima, dijo que reconoció el cadáver en la plancha del forense. Y al momento de ampliar su declaración se desdijo: “nunca vi el cadáver”, “en realidad me mostraron una foto”.
Cuando el forense indicó que la necropsia fue realizada a las tres de la tarde, pero el hallazgo del cuerpo y el fallecimiento ocurrieron horas más tarde.
Cuando un peritaje antropológico forense de identificación por superposición cráneo-fotografía señaló de forma contundente que las características del cráneo no coincidían con las de una foto de Emanuel, quien supuestamente fue el hombre asesinado.
Cuando en 2005 una autoridad judicial concede un amparo para ratificar dicho peritaje, y este se cumple hasta 2012, y en él queda ratificado a pesar de la gran lucha del ministerio público para dar carpetazo al caso.
Cuando Manuel fue trasladado del penal de Tenancingo —donde estudiaba derecho—, al penal de Otumba, “por ser considerado como un reo peligroso”. Una supuesta peligrosidad que, de forma contradictoria, no le impidió ser acreedor al beneficio de la libertad condicional otorgada hace un mes y medio.
Cuando después de estar dos años preso, un testigo acudió al ministerio público para declarar que Emanuel estaba vivo, y que no solo lo vió sino que había convivido con él.
Cuando la mamá de Manuel recibe una llamada anónima y le dejan una caja negra en el centro de Tepexpan, Acolman, con una foto de la supuesta víctima asesinada, así como sus credenciales utilizadas desde los Estados Unidos.
Cuando la madre de Valdovinos confía en las autoridades y acude a San Juan Teotihuacán con la misma funcionaria que consignó el caso, para entregarle dichas pruebas dejadas en una caja, misma que enseguida desaparece.
Síguenos