La mano que roba…

Una auditoría puntual no es diploma moral. La coherencia entre salario público y patrimonio visible es el verdadero examen de conducta en la política municipal.
febrero 23, 2026

El diploma exprés

El video es impecable: tono sereno, frase repetida —“cero observaciones”— y la invitación a la tranquilidad. La lógica es seductora: si una auditoría federal puntual no encontró irregularidades en un rubro específico, entonces todo está en orden. Y si todo está en orden, la honestidad queda probada. El dato puede ser correcto en su perímetro; la conclusión es expansiva. Una revisión técnica no es absolución moral. La fiscalización verifica procedimientos concretos; no canoniza gestiones completas.

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Contabilidad no es santidad

Cuadrar cuentas es obligación legal, no hazaña heroica. Que exista contrato y factura no significa que el precio fuera el mejor, que la competencia fuera real o que la decisión haya sido la más conveniente para la comunidad. La auditoría revisa papeles; no revisa acuerdos previos ni criterios discrecionales. Legalidad formal no equivale a excelencia pública. Cumplir lo mínimo no es medalla; es deber.

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Dónde vive la corrupción grande

La corrupción grande rara vez está en el cajón de la tesorería. Esa es la versión rudimentaria. El dinero fuerte se mueve en la decisión: requisitos técnicos quirúrgicos, convocatorias con tiempos precisos, proveedores recurrentes que siempre resultan “los más solventes”. Todo puede estar sellado y firmado. Todo puede cuadrar. Y aun así responder a dinámicas que no aparecen en la póliza contable. La mano que gasta deja rastro; la que decide quién gana, no siempre.

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El poder que multiplica

Si la política municipal pagara solo el sueldo oficial, muchos empresarios jamás abandonarían sus negocios para competir por un cargo. El atractivo no es la nómina; es el poder regulatorio: uso de suelo, construcción, licencias, agua, inspecciones. Cada firma puede multiplicar o congelar valor privado. El presupuesto es una parte del poder; la discrecionalidad es la otra. Y esa no figura como desvío presupuestal, pero sí define quién crece y quién espera.

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La mano que roba…

La mano que roba se puede ocultar; la que gasta, no. Las auditorías revisan facturas; la calle revisa estilos de vida. El verdadero certificado de conducta no está en un informe, sino en el patrimonio visible. En las casas, en los autos, en los viajes y en todo aquello que crece más rápido que el salario. Ahí se mide la coherencia entre ingreso público y lujo privado. Porque el poder deja rastro, aunque el papel esté impecable.

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