Concluida la Revolución de 1910, en México hacer política solo era posible en torno del Partido Nacional Revolucionario. Todos, absolutamente todos los actores políticos, tenían como referente a dicho partido, incluso de un modo más notorio cuando cambió su nombre a Partido Revolucionario Institucional (PRI). Y, cuando digo tener como referente, me refiero a pertenecer a las filas de dicha organización política o bien oponerse a sus propuestas y acciones. Se trataba, pues, de un partido hegemónico. Este último término significa que una entidad ejerce el poder por encima de cualquier otra e incluso con el reconocimiento de ellas.
El PRI fue el partido hegemónico en el país durante, por lo menos, 50 años, entre 1938 y 1988. A partir de ese año, hacer política en México comenzó a ser posible desde otros espacios. La muestra más evidente de ello fue que, dos sexenios después, la Presidencia de la República fue ganada por alguien que no había militado previamente en el PRI. Fueron dos sexenios de presidentes emanados de filas no priistas. Pero luego, en el año 2012, un candidato del PRI volvió a hacerse de ese cargo, aunque con un PRI claramente ya no hegemónico.
El actual presidente fue militante del PRI y muchos de sus cercanos y miembros de su gabinete tienen ese mismo pasado. Ello se debe a que iniciaron a hacer política cuando, como ya dijimos, solo era posible hacerlo en torno de ese partido emanado de la Revolución. Hoy, cuando estamos por iniciar el año 2024, es útil advertir que estamos presenciando la construcción de una nueva hegemonía, la del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena).
No sólo es evidente que conservará la Presidencia de la República en la elección de junio próximo, sino que ya gobierna 23 de las 32 entidades federativas, y ese número podría incrementarse el año siguiente con dos o tres entidades más. En consecuencia, puede sostenerse que, desde hace ya al menos cinco años, hacer política en México sólo puede hacerse teniendo como referente a Morena y a su figura principal, el presidente Andrés Manuel López Obrador. Todos, absolutamente todos los cargos en disputa el próximo año, tienen como centro en torno del cual gira todo a dicho partido.
Ya son un buen número los que ahora están leyendo esto mismo y han comenzado a cambiar de colores y a anunciar su nueva militancia morenista. Esto lo seguiremos viendo a lo largo de los meses con mucho mayor claridad. Se trata de una abierta estrategia de alianzas y consensos para asegurar la hegemonía. Y, en el bando de enfrente, en la alianza opositora, es claro que todos sus discursos, su narrativa y sus acciones son en reacción a lo dicho o hecho por Morena.
El que está por iniciar, que es un año electoral, nos traerá claridad acerca de varias cosas relacionadas con esto: primero, Morena se consolidará como el nuevo partido hegemónico, conservando la Presidencia de la República y alcanzando, junto con sus aliados (antiguos y nuevos), la mayoría en el Congreso. Segundo, está en condiciones de sumar algunas gubernaturas más y dejará en espacios sumamente reducidos a los otros partidos, ya claramente minoritarios. Y, tercero, los actores políticos que no cambien de camiseta durante los meses de campaña, al menos buscarán dejar las cosas en condiciones tales que les permitan operar frente al nuevo partido hegemónico.
En términos teóricos, ejercer el poder de manera hegemónica se consigue no solo por la coacción, sino porque logra imponer su visión de las cosas, lo cual favorece el reconocimiento de su dominación por los grupos dominados. De igual manera, buscar consensos para asegurar su hegemonía, tomando a su cargo algunos de los intereses de los grupos dominados, también resulta indispensable.
Durante las décadas en que el PRI fue el partido hegemónico, gobernaba en todos los estados, obtenía la mayoría en el Congreso, casi todas las alcaldías, congresos locales, prácticamente todo. De a poco, tuvo que ir cediendo triunfos a la oposición, precisamente para conservar su posición hegemónica. Pero el Partido Acción Nacional (PAN) que logró la titularidad del Gobierno Federal entre el año 2000 y 2012, nunca gobernó de manera simultánea más de 10 entidades ni logró la mayoría en el Congreso. Vaya, nunca se perfiló como partido hegemónico. Hoy tiene menos de 300 mil militantes en todo el país y está muy lejos de tener la estatura para oponerse a Morena en todo el territorio nacional. El PRI y el PRD están experimentando una clara desintegración a distintos niveles y sus militantes están engrosando las filas morenistas.
En suma, tenemos a la vista la construcción de una nueva hegemonía política en México. No es claro, sin embargo, el tiempo que puede mantenerse con ese carácter, sobre todo en la medida que su principal figura política aglutinadora (el presidente López Obrador) ha anunciado que se retirará en cuanto termine su mandato. Lo que sí puede advertirse es que, mientras tenga porciones de poder abundantes para repartir, seguirá en condiciones de conservar tal carácter.
Por otro lado, no se ve manera en que alguno de los partidos hoy opositores pueda construir en el corto plazo una nueva hegemonía, Tendría que ser un nuevo partido (nacido de ellos o de otra iniciativa) el que logre disputarle a Morena el lugar que ahora tiene. Al tiempo que tenemos la posibilidad de ver la construcción de esta nueva hegemonía partidista, podemos tener la oportunidad de ver como desaparecen los últimos ejemplares del antiguo sistema de partidos políticos y, quizá, con un poco de suerte, el nacimiento de nuevas entidades políticas que enriquezcan el ecosistema político partidista en el país.


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