Este 1 de octubre arranca un nuevo gobierno en México. Asumirá como primera mujer presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. Tiene por delante seis años para tratar de corresponder a las expectativas de casi 36 millones de mexicanos que votamos por ella. Tales expectativas se generan de lo logrado y lo no alcanzado durante el gobierno del presidente saliente, Andrés Manuel López Obrador.
Como lo demuestran los números, los votos por la futura presidenta vinieron de todos los estratos sociales, de todas las edades, de todos los niveles educativos, de todas las regiones del país. En pocas palabras, resultó ganadora en toda línea. ¿Por qué? La respuesta es clara: porque lo hecho por el gobierno del partido que la postuló ha sido evaluado favorablemente. Así es, el gobierno morenista de López Obrador fue evaluado por los votantes y, ante la falta de una alternativa real, viable, articulada y sólida, los votantes dijeron “hay que seguir por la misma ruta”.
Desde luego, hay casi un tercio de los sufragantes que hizo una evaluación distinta y decidió entregar su voto a los partidos opositores (PRI, PAN, el hoy extinto PRD y a MC). Para ellos, el gobierno que hoy termina no hizo bien su trabajo y tampoco muestran confianza en que la presidenta entrante lo haga distinto. Para ese sector, lo mejor era regresar a como estábamos hasta hace seis o doce años.
A lo largo del sexenio que concluye, en este mismo espacio hemos tocado temas que hoy parecen ser los mismos retos para un nuevo gobierno: el combate a la pobreza, el crecimiento económico, la inseguridad pública, la crisis hídrica, la desigualdad, la calidad educativa, la migración, la corrupción y un largo etcétera. En efecto, todos y cada uno de estos rubros representan un reto para la presidenta Sheinbaum, pero a distintos niveles.
Por ejemplo, en el combate a la pobreza el reto es no retroceder, puesto que en el gobierno de López Obrador salieron de esa condición casi 10 millones de mexicanos. El incremento a los salarios, la creación de nuevos empleos, los programas sociales y la estabilidad económica permitieron ello. Al novel gobierno se le pedirá seguir avanzado y, sobre todo, no retroceder. Fueron ya muchos sexenios en los que se daba un paso hacia adelante y enseguida dos hacia atrás. En los sexenios del panista Calderón y del priista Peña, el número de mexicanos en pobreza creció en 15 millones entre 2006 y 2018. Eso no debe volver a ocurrir. El reto, entonces, es de continuidad, en el rumbo y en el ritmo.
Igualmente, en materia de seguridad pública, existen datos suficientes para sostener que se revirtieron las tendencias al alza en delitos tan graves como el homicidio y el secuestro, o en otros tan sensibles como el robo de automóviles y a casa habitación. Sin embargo, sigue siendo un enorme reto en nuestro país porque las cifras son inaceptables: el número de personas asesinadas y desaparecidas cada día es elevadísimo. A la nueva administración federal tendrá que exigírsele que, igualmente, no volvamos a la tendencia al alza que mostraron la violencia y los actos criminales en los sexenios de Calderón y Peña y que, además, los números sean cada vez mejores. Sí, el INEGI ha reportado durante todo el sexenio que la percepción de inseguridad no ha dejado de disminuir, pero no basta; hay que exigir números a la altura de lo que somos: la doceava economía del mundo, el país de habla hispana con mayor población en el orbe, el sexto destino turístico más visitado en todo el planeta.
El reto del crecimiento económico va a ser para el gobierno que inicia el mismo que se ha tenido en, por lo menos, los últimos siete sexenios. En efecto, desde 1982, ningún presidente mexicano ha logrado un crecimiento anual promedio del PIB superior a 4%. Estamos lejos de los números que catapultaron a países como China, India, Brasil o Corea del Sur. En el caso del gobierno que inicia mañana sus funciones, sus resultados deben ser superiores al 0.9% promedio anual de crecimiento que se tuvo con López Obrador (sobre todo por la caída de 8% durante la pandemia de Covid-19). Ese es el nivel mínimo de exigencia a partir de 2025. Si no se consigue, será un fracaso.
Pero, además, el crecimiento económico no debe ser a costa de contraer deuda, de dar concesiones expoliadoras a las compañías extranjeras o de privatizar bienes públicos. El plan de gobierno que ha esbozado la presidenta Sheinbaum maneja el término de “prosperidad compartida” y eso es lo que cabría esperar: crecimiento económico, sí, pero con bienestar tangible para todos los mexicanos.
Con estos ejemplos se puede ilustrar que sí se trata de retos similares, pero el punto de partida y las metas son distintas a los sexenios anteriores. No cabe esperar soluciones automáticas para problemáticas complejas; no es razonable esperar fórmulas mágicas para inercias históricas; tampoco es serio exigir resultados que no se exigieron antes. Pero ya hemos señalado que los restos son en distintos niveles, en la continuidad, en la no marcha atrás, en la institucionalización de prácticas, en la solidez de logros.
Ni victorias pírricas, ni ilusiones pasajeras, ni cosmética para encubrir problemas. El nuevo gobierno tiene el compromiso de cumplir a las expectativas de los mexicanos que le otorgaron la legitimidad con la que llega y podrá empezar a tomar acción desde el primer día. Pero además, el voto le otorgó a su partido y aliados, la mayoría legislativa para generar las condiciones políticas, jurídicas y administrativas para trabajar y dar resultados. Vamos a esperar, a observar y a trabajar para que las cosas que queremos para nuestro país ocurran.


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