Otzacatipan, la historia de un pueblo dividido

Toluca, México; 9 de febrero de 2018. Es donde están las mototaxis, las bicitaxis, donde los usos y costumbres eran ley antes de que llegaran los gobiernos priistas y panistas y decretaran que la tradición, porque también se gobierna así, debe pasar primero por el tamiz de los programas sociales del municipio y los delegados, o por lo menos por la entelequia en que se han convertido las  Autoridades Auxiliares y los Consejos de Participación Ciudadana, reducido, como se sabe -y si no se sabe se aprende a fuerzas- a simples repartidores de despensas, bultos de cemento, tinacos. Simples, sí,
febrero 9, 2018

Toluca, México; 9 de febrero de 2018. Es donde están las mototaxis, las bicitaxis, donde los usos y costumbres eran ley antes de que llegaran los gobiernos priistas y panistas y decretaran que la tradición, porque también se gobierna así, debe pasar primero por el tamiz de los programas sociales del municipio y los delegados, o por lo menos por la entelequia en que se han convertido las  Autoridades Auxiliares y los Consejos de Participación Ciudadana, reducido, como se sabe -y si no se sabe se aprende a fuerzas- a simples repartidores de despensas, bultos de cemento, tinacos. Simples, sí, pero importantes porque desde ahí se controla a la población más necesitada.

Entonces San Mateo Otzacatipan. Barrio ahora pero nominalmente delegación de Toluca, tiene pocos habitantes pero un presupuesto anual de casi mil 500 millones de pesos, casi el 25 por ciento del total global que recibe la capital del Estado de México. Los 22 mil 500 pobladores no son muchos pero sí los suficientes. Además, nadie necesita de tantos para operar una delegación municipal ni tampoco se requiere de todos para intentar cerrar sus oficinas, cancelar la operatividad de un portazo. No, a este nivel de banqueta y bocacalle no se puede.

La población enfrentada no sabría distinguir quién es quién si no fuera porque a espaldas de unos están las oficinas de la Delegación y detrás de los otros las puertas siempre abiertas, aunque no para todos, de la iglesia del pueblo.

El Grupo Otzacatipan alega cosas concretas: que la delegada de la comunidad, Sonia Castillo Ortega, ha renunciado a su cargo y se ha ido de manera ilegal porque se saltó todos los procesos administrativos. Tampoco se realizó adecuadamente la sucesión. No avisó ni rindió cuentas y entre estas últimas los quejosos incluyen las calles. Ni siquiera hay que caminar. Una cuadra adelante de la delegación municipal está uno de los orígenes de estos reclamos. Apenas en marzo de 2017, algunos pobladores estaban convencidos, por lo menos eso dijeron entonces, de que si pagaban impuestos las autoridades podrían cumplir con los servicios de agua potable y arreglarían las calles, superficies casi lunares donde lo mismo cabe un mototaxi que la mitad de un auto.

Y aunque se difundió que ya había agua y que la repavimentación estaba en marcha, lo único que sucedió es todo quedó a medias. Para finales del 2017 los vecinos volvieron a quejarse. La Delegación, también la Secretaría del Ayuntamiento, nunca cerraron sus puertas pero no solucionaron nada. Los quejosos preguntaron por el material para las obras de construcción pero al grupo encabezado por Jorge Martínez las autoridades le recordaron que Fernando Zamora, alcalde del PRI con permiso, les había dicho muy campante en una gira que “vamos a hablar menos y vamos a entregar más obras”. Eso, el 19 de marzo de 2017.  Zamora de origen otomí pero con una particular cosmogonía de clasificar a los de su pueblo, cumplió a medias, pues dejó de hablar pero se olvidó de las obras.

Los recursos por los que Jorge Martínez preguntaba provienen del Fondo de Infraestructura Social Municipal y de las demarcaciones del Distrito Federal (FISMDF) y aunque al principio se anunció la pavimentación de calles con mezcla asfáltica de 442 metros, es decir, una superficie de rodamiento de 4 mil 374 metros cuadrados, guarniciones, banquetas y la red de drenaje sanitaria y pluvial, después todo fue simulación, porque hasta la arena fue utilizada en el juego de pretender engañar cuando los carros dejaban una carga un rato para después ir por ella, llevársela y al otro día volver a traerla. Es la misma materia nómada que no construye ni se desaparece, como lo hizo parte de las 150 toneladas de material y cemento que, efectivamente, se hicieron humo cuando fueron almacenadas en espera de usarse. Sólo alcanzaron a aplicar 50 de ellas porque el resto se echó perder o alguien se lo llevó.

La última vez que un funcionario del ayuntamiento de Toluca acudió con los vecinos para darse cuenta del avance de las obras, prometió, presionado, que terminarían en siete semanas.

– ¡Pero es que nunca cumplen!

– Siete meses… siete semanas… semanas, dije… respondía el funcionario ante cualquier exabrupto.

Eso, lo que nunca cumplen, sucedió hace diez meses. Mientras tanto, las calles de centro, en proporción de diez a una, están dañadas.

Son las 10 de la mañana del 9 de febrero. Por fin una fecha pero también la prueba de que las luchas sociales a veces se entretejen de vanagloria que no permite conocer a fondo cuál es la verdad o por lo menos si la certeza que uno construye o se imagina sea suficiente para entender a los otros. Ellos dicen: “nosotros somos los otros”. Pero esos, lo que no son ellos, aseguran que siempre serán lo que son y que los otros pueden ser lo que quieran, siempre y cuando no se metan en lo que no les importa, no cierren la delegación, los dejen trabajar.

Al nuevo delegado se le nota que no trabaja, pero como es una suposición, aquí se dirá, solamente, que estaba en la puerta de aquel edificio, esperando a que llegaran los que habían dicho que clausuraría. Un día antes, estos quejosos habían repartido volantes para anunciar que tomarían la delegación, castillo minimalista pintado de mostaza y con terrazas que sustituyen lo que no necesita gigantismos, volviéndola nada.

Sus rivales se dieron cuenta de aquellos papeles impresos, como invitaciones al desorden, y al otro día ya los estaban esperando.

Javier Navarro, segundo delegado, se había vestido para ese día con saco gris y camisa roja. De tez morena, se había peinado impecablemente, sin pensar que México vive, en realidad, una pigmentocracia de tintes dramáticos, a cielo abierto por decirlo de alguna forma. Salió de su casa deseando no llegar, que no llegaran los contrarios y así, en ese estado, se encontró de pronto a las puertas del edificio.

Tampoco era para tanto. Un día antes había convocado a sus allegados y avisado a la policía, que desde una esquina de la plaza vigilaba como no queriendo. Y es que Navarro ya tenía todo preparado, rodeado de incondicionales, aunque pagados. Un adicto al thinner, la señora de los baños públicos, las delegadas, muchos burócratas, algunos ambulantes y niños más o menos mal comidos representaban su ejército. Unos 100 en total. Eran desharrapados, pero estaban en el bando que querían.

Si bien las demandas del Grupo Otzacatipan se ocupan de problemas sociales y la vigilancia de la administración, no se puede pasar por alto el interés político que va implícito en eso. Porque Jorge Martínez también es un hombre pequeño y pulcro que de pronto aparece en el extremo más lejano de la iglesia y camina apuradamente. Debe hacer algunos altos en el camino, rumbo a la Delegación, porque algunos lo interceptan para preguntarle cosas. A todos los atiende con tal de no llegar porque sabe cómo será recibido. En realidad va solo. Sus compañeros llegarán después pero sólo mirarán de lejos, cuando las mujeres del grupo rival lo reciban con insultos.

– ¡Órales, hijo de tu chingada madre! ¡A ver si muchos güevos! ¡A ver si te atreves a cerrar y dejarnos sin trabajo!- le escupen las mujeres a Martínez, quien llegó a jalones a la puerta de la Delegación. Allí lo encontró el nuevo delegado, Javier Navarro.

Mientras, el círculo creció y, pronto, de los insultos las mujeres pasaron a los empujones. Tres camionetas con granaderos asomaron por una esquina pero se retiraron a tiempo, antes de que la turbamulta los viera y algo que ya estaba en el guión, sucediera naturalmente.

Nadie intervino en el aquelarre y, por supuesto nada se solucionó. Y todo, al borde la violencia, fue diluyéndose hasta que los quejosos fueron retirados. Ellos tienen unos minutos para recuperarse, explicar a sus compañeros, que han observado, desde la lejanía, lo imposible que es tomar la Delegación y se conforman con puntualizar lo que ya han gritado.

Por su lado, el delegado Javier Navarro declaró que todo estaba muy bien. “Si ya esperamos tanto, esperemos un poco más, además ahí están las obras, estamos cumpliendo con todo, somos las mejores autoridades”, decía entre cínico y mentiroso, porque sus ojos se posaban fuera del recuadro de la cámara y se perdían en la calle, aquella calle que rodea la iglesia, con sus enormes agujeros, abiertos por máquinas que ya no están trabajando.

Las mujeres calmaron sus ímpetus, le bajaron a sus arrestos, aunque una de ellas, todavía metida en el ritmo de la disputa, alcanzó a decirle a Jorge Martínez que “nosotras tenemos los güevos bien puestos, no como tú, cabrón”.  

¿Y entonces? Porque quienes han defendido al delegado y la fachada de la Delegación se notan tan miserables como cualquiera otro. Dispuestas a la violencia, las mujeres del delegado no parecen vivir mejor que él.

Los pueblos, divididos, jamás serán vencidos.

No, no era así.

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