“Quien alimenta a su enemigo, entierra su victoria.”
Maquiavelo
La democracia no es un coro afinado sino una polifonía con disonancias inevitables: ahí donde la diferencia incomoda, la vida republicana respira. El Estado de México ofrece hoy una evidencia palmaria: Morena discute en voz alta (higinismo y delfinismo), choca, negocia, muestra sus costuras. Eso, que en clave epistemológica es dato de vitalidad —porque la deliberación interna revela pluralidad real y no obediencia cortesana—, no se ha traducido en estrategia territorial eficaz. La ontología del poder mexiquense sigue definida por tres vectores: presupuesto, control municipal y relato público. Morena domina dos, pero subcontrata el tercero. Su cálculo es erróneo: tolera enclaves de la derecha como si fueran decorado de pluralismo; en la práctica, son plantas de oxígeno donde sus adversarios se rehabilitan. La doxa (lo que “se dice”) confunde discusión con debilidad; la episteme (lo que se sabe, con método) muestra otra cosa: el verdadero costo no está en la discrepancia, sino en no convertirla en táctica vencedora.
El tablero objetivo no es ambiguo. Tras la elección de 2024, la distribución de alcaldías 2025–2027 sitúa a Morena a la cabeza con 60 de 125 municipios; el PRI conserva 20, el PVEM 19, el PT 10, MC 8, mientras que el PRD y el PAN apenas suman 3 cada uno; Nueva Alianza completa con 2. La asimetría es estructural; el mapa confirma hegemonía morenista y marginalidad opositora, salvo en bolsillos de alta renta y densidad mediática. No es una conjetura: es un corte empírico reciente y verificable. En ese mismo mapa aparecen, además, tres bastiones simbólicos de la derecha panista —Huixquilucan, Metepec y Atizapán de Zaragoza— cuya persistencia no se explica por la fortaleza doctrinal del adversario, sino por el desistimiento táctico de Morena: allí actúa como mala oposición de sí misma, sin discurso alternativo para clases medias urbanas, sin una narrativa de seguridad, servicios y competitividad que desarme los viejos reflejos antipetistas.
Sobre la interna morenista: el deflinismo ganó palanca institucional, y no sólo por controlar la gubernatura; consolidó mando orgánico con la elección de Luz María Hernández como dirigente estatal en noviembre de 2024, un hito que ordenó temporalmente la orquesta y exhibió la curva descendente de Mexiquenses de Corazón en el reparto de palancas partidarias. Esa señal —modesta en apariencia— reconfigura puertas y presupuestos, habilita cuadros y cierra grifos; es política pura, sin adjetivos, y explica por qué el higinismo corre hoy con más legitimidad biográfica que poder administrativo.
El higinismo, sin embargo, no es arqueología. Es memoria militante, músculo territorial y gramática de la izquierda mexiquense con medio siglo de acumulación. Su reciente reposicionamiento —en plazas y actos donde Higinio Martínez y Mariela Gutiérrez apelan a cohesión y disciplina— muestra que la disputa 2027 no será un trámite; será un examen de jerarquía simbólica y maquinaria real: quién coloca candidatos, quién manda en la tesorería, quién narra al Estado de México que viene. El deflinismo ofrece eficacia tecnopolítica; el higinismo, arraigo y obediencia afectiva entre operadores curtidos. Ambas son racionalidades útiles; juntas, son invencibles. Separadas, convierten el poder en una cinta de Moebius que confunde movimiento con avance.
A la ecuación local se superpone un hecho nacional con efectos en cascada: el primer año del nuevo gobierno federal ha mostrado voluntad de desarticular redes municipales capturadas mediante operaciones de alto impacto. El Operativo “Enjambre” —con alcaldes, jefes policiacos y funcionarios detenidos por colusiones graves— reconfiguró de golpe el ecosistema de impunidad vial y rentas criminales en corredores mexiquenses sensibles. Más allá del espectáculo, la lección epistemológica es sobria: sin justicia que cierre el círculo, la red rebrota; sin reforma organizacional local, la vieja matriz clientelar reactiva sus proteínas. Para 2027, esa cirugía federal sólo se capitalizará si el morenismo traduce “golpe” en “gobernanza”: policía municipal profesional, compras abiertas, obra priorizada por indicadores y contralorías con dientes.
La desproporción entre fuerza real y performance adversaria se entiende —parcialmente— por la desmemoria selectiva que lubrica a la derecha mexiquense. El sexenio de Enrique Peña Nieto dejó huellas contables y morales que un mínimo higiénico exigiría no olvidar: sobregastos presupuestales recurrentes, con picos de 12% en 2016 respecto a lo autorizado; 83 viajes internacionales con costo superior a 313 millones de pesos; y el escándalo de la “Casa Blanca”, símbolo perfecto de captura de regulador y contratista, donde la frontera entre lo público y lo privado se volvió puerta giratoria. No se trata de rencor, sino de método: un sistema democrático sin memoria fáctica es un sistema sin aprendizaje; y sin aprendizaje, la alternancia es ruleta.
Cuando el PAN local explota, con eficiencia propagandística, cada resbalón de un operador morenista, calla frente a esa contabilidad histórica de abusos. Y cuando el PRI mexiquense pretende reclamar solvencia administrativa, el registro de observaciones no solventadas en la Cuenta Pública 2017 sigue pestilente: una fracción abultada de recursos sin aclarar que dibuja, en negativo, el equipo moral con el que ese partido vuelve a la cancha. La hipocresía no es pecado venial: es dispositivo de poder que distorsiona los incentivos de la competencia. La axiología aquí se vuelve pragmática: sin estándares éticos comunes, la disputa política degenera en teatro de sombras donde lo único que importa es quién grita más, no quién prueba más.
Todo lo anterior nos sitúa frente al dilema normativo central: Morena puede arrasar si decide dejar de ser magnánima con sus adversarios y de ser indulgente consigo misma. El costo de “prestar” enclaves a la derecha es doble: cede presupuesto y cede relato. Esa cesión, presentada como pluralismo elegante, es en realidad una transferencia de renta política que la oposición usa para reeditar sus máquinas de propaganda, su acceso a contratos y su colocación mediática. Si la 4T mexiquense quiere blindar 2027, tiene que abandonar la idea aristocrática de que una oposición débil conviene: conviene una oposición honesta, competente y con causa social, capaz de elevar el estándar de la competencia, porque sólo la presencia de un rival digno fuerza al dominante a mejorar su gobierno. Todo lo demás es comodidad que se pudre.
Propuesta mínima para alinear episteme (conocimiento), techné (capacidad) y phronesis (prudencia) antes de la selección de candidaturas 2027: auditoría cívica y ranking público de desempeño en los 15 municipios más poblados; manifiesto municipal de cinco páginas por candidatura; primarias abiertas con debate técnico obligatorio en los 30 municipios competitivos; gabinete municipal paritario y profesionalizado; convenio metropolitano de seguridad con indicadores compartidos; política de clase media con ventanilla única y cero mordida; reglas de austeridad verificables; y consejo ciudadano con facultad de veto técnico a proyectos sin ficha costo-beneficio.
Simétricamente, para forzar la emergencia de una oposición decente, hay que exigirle: programa social verificable, cláusula de memoria y verdad, financiamiento limpio. Quien no firme, queda del lado del ruido. El PRI y el PRD —si desean salir del respirador— tendrán que abandonar el cinismo contable y ofrecer algo distinto a la nostalgia. El PAN deberá presentar una política de clase media sin privilegios: menos marketing, más resultados medibles en calle. La competencia no se decreta; se diseña.
En el interior de Morena, la resolución del “nudo giordano” no requiere decapitar ninguna corriente; exige jerarquía de fines. Si el fin es ganar 2027 con legitimidad social, entonces la preferencia por cuadros debe ordenarse por capacidad de gobierno, y la narrativa debe ser bifronte: una para clase trabajadora y otra para clases medias. El higinismo aporta territorio y códigos de lealtad; el delfinismo, control y método. Cuando chocan, pierden ambos; cuando se trenzan, el sistema se vuelve robusto. La epistemología aconseja: decidir es descartar; y descartar exige criterios intersubjetivos, no favores personales. La ontología del poder municipal es prosaica: quién firma los cheques y quién mide los resultados. Que esa frase, sin poesía, guíe la selección.
Al final, lo que empobrece la democracia mexiquense no es que Morena discuta —eso la hace interesante— sino que, por cálculo o soberbia, alimente con su tolerancia los últimos tótems de una derecha sin proyecto, y que, de paso, se resigne a una oposición que no opone sino que parasita. La memoria impide romantizar el pasado inmediato: los sobregastos, las giras faraónicas y la Casa Blanca no son fábulas sino papeles y transferencias; los operativos contra redes municipales no son películas sino carpetas judiciales. Cuando la discusión se funda en hechos, la axiomática es sencilla: discrepancia es salud, hipocresía es patología, y cesión sistemática de territorio es suicidio político. Si el morenismo quiere durar, que deje de regalar aire; si la oposición quiere existir, que aprenda a respirar sola.


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