La señal no admite eufemismos
En el Estado de México, más del 75 % del electorado desconfía de todos los partidos políticos. No de uno en particular, no de una coalición coyuntural: de todos. El dato proviene de un estudio elaborado por el Instituto Electoral del Edomex en coordinación con el Colegio Mexiquense, con trabajo de campo en los 125 municipios de la entidad. La cifra irrumpe en un momento clave: a menos de dos años de la elección de 2027, en el padrón electoral más grande del país.
No es un mal humor pasajero. Es una desafección estructural.
Cuando la representación deja de representar
Desde la sociología del poder, el dato describe una ruptura del vínculo central de la democracia representativa: la confianza. Los partidos, concebidos como intermediarios entre sociedad y Estado, han perdido su función simbólica. Siguen compitiendo, postulando y administrando recursos, pero ya no significan.

La antropología política ayuda a entenderlo: los rituales partidistas persisten —asambleas, campañas, giras, promesas—, pero ya no producen adhesión, apenas inercia. El ciudadano reconoce la forma, pero no el contenido. Vota menos porque cree menos.
Un fenómeno urbano, no marginal
El estudio confirma un patrón incómodo para el discurso oficial: la desconfianza no se concentra en la periferia social, sino en el corazón metropolitano. Valle de México y Toluca, territorios densamente poblados y decisivos en cualquier elección, registran de manera reiterada altos niveles de abstención y descreimiento.
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No es pobreza cívica. Es desencanto urbano. Allí donde la política prometió eficacia, servicios y gobierno, entregó trámites, eslóganes y una administración del conflicto sin resolución.
La coartada ya no funciona
Durante años, el abstencionismo fue explicado por la inseguridad. El estudio desmonta esa explicación: la violencia no es el factor determinante para dejar de votar. La ciudadanía se retira aun cuando las condiciones materiales para hacerlo existen. La causa es más profunda y más incómoda: no se siente representada.
Aquí el valor simbólico es decisivo. El acto de votar deja de ser un gesto de pertenencia y se vuelve un trámite sin recompensa moral ni política. La democracia funciona, sí, pero sin devoción.
2027: competencia sin adhesión
De cara a 2027, el escenario que se dibuja no es el de una contienda de proyectos, sino el de una competencia sin adhesión. El voto, cuando ocurre, será instrumental: castigo, cálculo, apuesta mínima. La abstención dejará de ser anomalía y se convertirá en escenario base.

Desde la teoría del poder, esto no implica colapso institucional, sino legitimidad frágil. Gobiernos electos conforme a la ley, pero con un mandato social estrecho. Autoridad formal, capital simbólico erosionado.
La tarea que el sistema evita
El estudio deja una tarea clara y políticamente costosa: reconstruir representación. No con más propaganda, sino con sentido. No con candidaturas de trámite, sino con perfiles capaces de explicar para qué quieren el poder y qué están dispuestos a cambiar para ejercerlo.
Menos simulación territorial.
Más rendición de cuentas.
Menos discurso intercambiable.
Más densidad política.
No es una exigencia moral; es una condición de gobernabilidad futura.
El riesgo verdadero
El mayor riesgo no es que la elección falle, sino que todo siga igual. El Edomex acumula diagnósticos precisos y decisiones aplazadas. Este estudio corre el peligro de sumarse al archivo de advertencias ignoradas.
Si así ocurre, 2027 no será una sorpresa. Será la consecuencia lógica de un sistema que prefirió administrar la desconfianza antes que enfrentarla. En política, como en la historia, los síntomas desoídos no desaparecen: se transforman en hechos.

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