La ceremonia fue sobria, pero el momento, histórico. Eran poco después de las siete de la tarde cuando Patricia Zarza Delgado levantó la mano derecha y pronunció el juramento que la convirtió oficialmente en la primera rectora de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx). Lo hizo con una sonrisa amplia y los ojos vidriosos, sostenida por los aplausos de estudiantes, académicos, consejeros y su familia, que observaban desde las primeras filas del auditorio Ingeniero José Yurrieta Valdés, del edificio administrativo.
La emoción era palpable. “Por primera vez, llegamos las mujeres a conducir los destinos de la autónoma mexiquense. No llego sola, llegamos todas”, dijo con firmeza, marcando el tono de un rectorado que, según anunció, estará guiado por la cercanía, el diálogo y la voluntad de transformación.




Zarza, doctora en Ciencias Sociales, encabezará la institución de julio de 2025 a mayo de 2029, tras haber ganado el respaldo de los espacios académicos, sumando 118 puntos en un proceso inédito: por primera vez en más de siete décadas de historia, toda la comunidad universitaria pudo votar directamente. Más de 29 mil personas lo hicieron.
El camino no fue fácil. Su llegada ocurre después de semanas de tensión en varios planteles, un paro estudiantil prolongado en la Facultad de Humanidades y un debate encendido sobre el modelo de elección, la democracia interna y los derechos de las mujeres en la vida universitaria. En ese contexto, su primer mensaje no fue de celebración, sino de reconocimiento y promesa: “Hoy es un día para comenzar a sanar”.




La política del cuidado: una agenda feminista para la universidad
Su discurso inaugural fue extenso, meticuloso, cargado de símbolos. No fue solo una toma de protesta, sino una declaración de principios. En medio de la solemnidad institucional, Zarza puso en el centro algo poco común en la política universitaria: la experiencia femenina.
“No llego sola”, repitió varias veces. Lo dijo no como consigna, sino como reivindicación. Llegan —con ella— las estudiantes que fueron violentadas, las académicas que han sido invisibilizadas, las madres universitarias a quienes se les ha cuestionado por aspirar a cargos directivos. “Quien no entienda que la universidad debe ser un lugar seguro, no tendrá cabida en esta institución”, advirtió.
Esta postura no fue solo retórica. Anunció que su administración aplicará una política de “cero tolerancia” ante el acoso, el hostigamiento y cualquier tipo de violencia de género, y que se reconfigurarán los mecanismos institucionales de denuncia, atención y seguimiento.
Frente al Consejo Universitario, no solo se asumió como la primera rectora, sino como la primera en representar, desde la rectoría, las demandas feministas que han emergido con fuerza en la universidad durante la última década. “Llegamos quienes hemos sido cuestionadas para ocupar posiciones de decisión, porque tradicionalmente se cree que nuestro lugar natural es el espacio privado del cuidado y la crianza”, dijo.




Una nueva legitimidad: del conflicto a la reforma
La victoria de Zarza no fue una mera transición administrativa. Llegó luego de una contienda interna con seis candidatas —cuatro de ellas activas hasta la última fase— y una crisis política provocada por la inconformidad estudiantil frente al modelo tradicional de elección. En abril, una grabación filtrada de una sesión de Consejo desató un movimiento que culminó en protestas, pliegos petitorios, y el compromiso institucional de modificar el Estatuto Universitario.
En su discurso, Zarza no eludió ese pasado reciente. Al contrario, lo abrazó como punto de partida. “Venimos de semanas convulsas (…) El conflicto nos recordó que las universidades son también espacios vivos de participación y sí, también de inconformidad cuando las voces no se sienten escuchadas”, expresó.
Consciente de que su elección también fue un mandato de cambio, afirmó que la transformación universitaria no tendrá “plazos de prueba”. Prometió reformas profundas: austeridad, cercanía, transparencia, gratuidad responsable y una administración de territorio. Anunció además la reducción de su sueldo y del gabinete universitario, cuyos recursos —dijo— serán redirigidos para cerrar brechas y fortalecer la equidad.
El mensaje fue claro: “Ser parte de la administración universitaria es una oportunidad de servir a la comunidad, no de servirse de ella”.




Una rectora con agenda y territorio
Más allá del simbolismo y de la retórica feminista, Zarza expuso una hoja de ruta concreta. Propuso establecer un diálogo directo con el estudiantado —“horizontal y permanente”, dijo— y ofreció reunirse para analizar los pliegos petitorios antes del inicio del semestre. “No tenemos tiempo que perder”, remarcó varias veces. Uno de sus ejes será la gratuidad: reducción de costos administrativos, eliminación de pagos duplicados y eficientización de procesos.
La rectora prometió también recorrer los espacios que históricamente han sido olvidados. Afirmó que su administración será “presencial, de cercanía, de territorio”. “Tendrán en mí a una rectora que les escuche y atienda”, dijo, mirando directamente a la comunidad.
No faltaron referencias al contexto nacional. Mencionó a Claudia Sheinbaum y a Delfina Gómez como aliadas potenciales, resaltando que ambas —una científica, otra educadora— también llegaron a posiciones de poder desde mundos tradicionalmente masculinos. Y apeló directamente a la sociedad mexiquense: “Ha llegado el momento de que la universidad le retorne lo mucho que ha recibido”.




Una ovación largamente esperada
El auditorio estalló en aplausos cuando Zarza cerró su intervención con una frase que ya empieza a resonar como consigna: “La transformación universitaria ya está aquí”. Al fondo, algunas voces coreaban “¡Rectora, rectora!”, y en las primeras filas, su esposo y sus hijos la observaban con orgullo.
En la imagen final, Zarza sonreía ampliamente. Abrazaba a su familia, a las autoridades que la acompañaron. No había rigidez en su rostro, sino una mezcla de alivio, emoción y determinación. Sabía que la historia le colocaba una doble responsabilidad: ser la primera mujer en dirigir la UAEMéx y, al mismo tiempo, ser quien encabece el intento más serio por reformarla desde adentro.
Hoy, la universidad mexiquense no sólo tiene una nueva rectora. Tiene, también, una nueva narrativa. Una que empieza con escucha, pero que promete mucho más que palabras.

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