Joao Paulo Dias Fernandes, “Paulinho”, el goleador. Nacido en Barcelos, una ciudad pequeña donde la leyenda del gallo forma parte de la identidad local, estaba destinado a ver nacer a otra leyenda años más tarde.

El 9 de noviembre de 1992 llegó al mundo Paulinho: un chico apasionado y de baja estatura para su edad, el más pequeño de su generación en Santa María, motivo por el que con cariño le llamaban “Paulinho”. El diminutivo permanecería siempre, aunque ya de adulto alcanzara 1.88 metros.
Aquel joven carismático buscaba su lugar en el campo. Se probó de extremo, de mediapunta y finalmente encontró su destino como artillero. Debutó en el modesto Santa María en 2010, hace 15 años.

El salto al profesionalismo llegó con el C.D. Trofense, en la segunda división de Portugal. Sus primeros pasos fueron firmes: 11 goles en 38 partidos en su primera campaña. Ese número —11— se convertiría más tarde en parte de su historia.
El destino no admite renuncias. Paulinho volvió a Barcelos por la puerta grande, ahora con el Gil Vicente en la primera división lusitana. El equipo descendió, pero el joven Paulo mostró carácter: anotó 19 goles, segundo mejor goleador del torneo, y llamó la atención de clubes importantes.

El rojo siempre fue su color
En 2017, el Braga apostó por él. No llegó a probar suerte: llegó para ser figura. Se convirtió en el máximo goleador del club en competencias europeas y ganó la Copa de la Liga en la temporada 2019-2020. Su brillo alcanzó al seleccionador Fernando Santos, y compartió convocatoria con estrellas como Cristiano Ronaldo.
Fueron cuatro años de entrega: 153 partidos, 63 goles y más de 10 mil minutos vestido de rojo. Luego tocaba un reto mayor: fichar con el Sporting de Lisboa en 2021. Se convertía en León.

Su inicio no fue sencillo. Llegó a petición de Rúben Amorim —quien también tendría destino de Diablo— y en la primera mitad de temporada solo marcó tres goles. Algunos lo llamaron “patito feo”. El esquema no beneficiaba a los delanteros, pero Paulinho nunca dejó de competir.
Y cuando más se necesitó, apareció: anotó un gol clave frente al Boavista para romper la sequía del Sporting tras 19 años sin título de liga. La afición cambió el canto; dejó de ser incomprendido para convertirse en ídolo, coreado con “Freed From Desire” y el “O nosso Paulinho, lá lá…”.

En 2023 llegó la competencia: Viktor Gyökeres aterrizó en Lisboa. Lejos de relegarlo, se complementaron. El portugués elevó su fútbol y cerró la campaña como campeón. El destino le tenía preparado un camino inesperado: abandonar su país, su idioma y las rutas habituales del jugador europeo. Renato Paiva lo esperó en Toluca, donde el idioma es otro… pero el fútbol es universal.
Muchos no entendieron su decisión. Él sí. Venía a hacer historia.
En México, su sonrisa y su fútbol enamoraron desde el primer minuto. Discreto, lejos de los reflectores digitales, amable, talentoso, líder. Un demonio con porte de crack. En su primera temporada fue campeón de goleo, aunque el título de liga se resistió. Paiva se fue; llegó el Turco. Y Paulinho volvió a ser campeón goleador. Las expectativas crecieron y, cuando se le necesitó, respondió: rompió 15 años de sequía en Toluca. Lejos de casa, encontró hogar.
En el festejo fue uno más: bailando, sonriendo, brindando. Esa sonrisa enorme como el cariño de una ciudad que adoptó a su nuevo ídolo. Camina por sus calles sin discursos, pero su felicidad se nota en los pies, en la actitud y cada vez que la Bombonera corea su nombre.
Paulinho es de esos extranjeros que ya no abundan en el fútbol mexicano. El niño que fue pequeño, el “patito feo” que nunca se quejó de la altura ni del clima. Encajó como pieza exacta de rompecabezas.

Hoy, en 2025, mientras Rúben Amorim dirige a los Diablos de Manchester, Paulinho es la joya de los Diablos del Toluca. Cuando gana —y gana seguido— celebra con su hija, habla español, canta y se funde con su gente.
Ya dijo que quiere terminar su carrera vestido de rojo. Y si no fuera así, nadie podría reprocharle nada. Vino, se enamoró de la ciudad y cumplió su misión: ser campeón.
Paulinho es Diablo. Es toluqueño por adopción y vivirá en el corazón del Nemesio Diez por muchos años.


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