Más de 20 mil personas participarán del 23 al 26 de febrero en la 88ª Peregrinación Diocesana de Toluca
Toluca, Estado de México.
En unos días, el Valle de Toluca se convertirá en río humano. No por protesta, no por fútbol, no por campaña electoral. Por fe.
Del 23 al 26 de febrero, la LXXXVIII Peregrinación Diocesana de Toluca a la Basílica de Guadalupe movilizará a más de 20 mil personas —y en ediciones masivas hasta 80 mil— que caminarán más de 70 kilómetros desde la Catedral de San José hasta la Basílica de Guadalupe.
La salida está programada tras la misa de “Buen Viaje”, alrededor de las 06:00 horas, y el recorrido avanzará por Nicolás Bravo, Morelos, Paseo Tollocan y la carretera México-Toluca rumbo al Tepeyac. La llegada está prevista la madrugada del 25 de febrero y el cierre oficial será el día 26 con una misa solemne en la Basílica.
Ningún evento político en la región convoca esa cifra sostenida durante cuatro días. Ninguna marcha laboral mantiene ese ritmo. Ningún acto institucional sostiene esa energía física y simbólica.
En México, nada mueve más personas que la fe.
El territorio se transforma
Durante esos días, la ciudad cambia de ritmo:
Calles cerradas.
Carreteras ocupadas por contingentes.
Familias completas caminando juntas.
Jóvenes cargando estandartes.
Adultos mayores cumpliendo promesas.
No es sólo una caminata. Es un ritual público que ocupa el espacio urbano y lo resignifica.
El peregrino no “usa” la ciudad: la atraviesa como acto espiritual.
El bastión católico
El Estado de México concentra más de 13.3 millones de personas que se identifican como católicas, según el Censo 2020 del INEGI, la cifra más alta del país. Aunque el porcentaje descendió de 85.4% en 2010 a 78.6% en 2020, la entidad sigue siendo el mayor territorio católico en volumen.
Esa base demográfica explica la magnitud del fenómeno.
Cuando caminan 20 mil personas, no es un acto marginal. Es la expresión visible de una tradición que conserva arraigo territorial y capacidad de convocatoria.
La experiencia corporal
Caminar más de 70 kilómetros no es turismo religioso. Es esfuerzo físico prolongado:
Pernoctas en carretera.
Dolores musculares.
Ampollas.
Canto colectivo para sostener el ánimo.
El cuerpo se convierte en instrumento devocional. La caminata es penitencia, agradecimiento y promesa cumplida.
La fe en México no es abstracta. Es física.
Impacto urbano y social
Para las autoridades, el fenómeno implica:
Operativos de seguridad.
Coordinación interestatal.
Ajustes en movilidad.
Atención médica preventiva.
Para las comunidades, implica hospitalidad, venta de alimentos y logística espontánea.
En un país fragmentado políticamente y desigual económicamente, la peregrinación funciona como uno de los pocos actos colectivos transversales.
En unos días, cuando los contingentes crucen Paseo Tollocan rumbo al Tepeyac, no estarán sólo caminando hacia la Virgen de Guadalupe.
Estarán recordando que, en México, la fe sigue siendo la fuerza social más movilizadora.


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