En el centro de Toluca, detrás de un portón antiguo puede sobrevivir una ciudad que desde la banqueta apenas se adivina: patios rodeados de corredores, habitaciones comunicadas, vigas de madera y muros gruesos de adobe. Allí transcurrió la vida de generaciones de familias, antes de que muchas viviendas se convirtieran en comercios o quedaran desocupadas.
Una parte de esa ciudad volvió a caer en septiembre de 2026. La casona de Instituto Literario y Nicolás Bravo perdió otro tramo de su fachada. El inmueble figura en el Catálogo Nacional de Monumentos Históricos como una construcción civil edificada entre los siglos XIX y XX.
Su deterioro tenía antecedentes. En 2024 habían colapsado parcialmente la cubierta y el entrepiso. Para noviembre de 2025, el Ayuntamiento ya había informado de un dictamen de riesgo, un perímetro de seguridad y una autorización del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) para realizar trabajos de apuntalamiento.
El comunicado municipal del 4 de noviembre añadió un dato decisivo: las obras autorizadas de protección y consolidación todavía no se habían ejecutado. Según esa versión, los especialistas del INAH habían brindado asesoría a los propietarios sin que las acciones se concretaran.
Diez meses después ocurrió el nuevo desprendimiento. La lluvia encontró un edificio cuyo deterioro había sido advertido desde años atrás.

Una casa también cuenta la historia
La historia de Toluca puede leerse en sus edificios públicos, templos y Portales, pero también en las viviendas que dieron forma a sus calles. Una casona conserva información sobre cómo se organizaba la vida familiar, qué materiales se utilizaban y cómo se resolvían las necesidades de una ciudad fría y lluviosa.
El estudio La casa colonial popular de Toluca, publicado en 1957 por el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, documentó viviendas organizadas alrededor de un patio, con corredores y habitaciones comunicadas. Describió muros de adobe que podían alcanzar un metro o más de espesor, así como el uso de piedra volcánica, ladrillo, cal y maderas de pino, cedro y oyamel.
Esos elementos tenían una razón práctica. Los muros gruesos ayudaban a aislar las habitaciones; los corredores permitían desplazarse bajo cubierta. Los corrales alojaban animales domésticos y, con frecuencia, un pozo. Las techumbres incorporaban pendientes y canalones para desalojar el agua.
La casa se construía con los materiales disponibles y con un conocimiento del clima acumulado por sus habitantes y sus trabajadores. En puertas, rejas, cubiertas y arquerías permanece también la destreza de albañiles, herreros y carpinteros.
Cuando desaparece una construcción de este tipo, se pierde la posibilidad de conocerla por dentro: sus proporciones, las modificaciones que tuvo y la relación entre sus espacios. Una fotografía conserva su imagen; el edificio permite entender cómo funcionaba.

Del patio familiar al local comercial
Los Portales ocupan parte del terreno donde estuvo el antiguo convento franciscano de la Asunción. Esa relación, documentada por el INAH, permite reconocer cómo la ciudad fue transformando sus espacios religiosos, comerciales y habitacionales.
Las casonas cuentan ese proceso a una escala más cercana. Algunas conservaron su uso como vivienda; otras alojaron negocios y fueron modificadas conforme cambiaron las necesidades del centro.
En una entrevista publicada en 2024, el cronista municipal Gerardo Novo explicó que muchas construcciones residenciales se adaptaron como locales comerciales con el crecimiento de Toluca. También señaló las dificultades de mantenerlas: materiales difíciles de conseguir, piezas de madera costosas y técnicas que requieren trabajadores especializados.
La conservación implica resolver esos problemas. Un inmueble necesita mantenimiento, recursos y un uso compatible con su estructura. Su antigüedad puede justificar la protección, pero por sí sola no paga una cubierta ni sustituye una viga dañada.
Los avisos estaban a la vista
El deterioro de Instituto Literario y Nicolás Bravo forma parte de una serie de casos conocidos.
En septiembre de 2024, un reporte periodístico recogió al menos cuatro inmuebles identificados por el gobierno municipal por sus condiciones de riesgo. Además de esa casona, mencionó la construcción de Humboldt y León Guzmán, donde el derrumbe de una fachada había causado la muerte de un joven en 2022.
Incluyó también la llamada Casa 40, en Lerdo de Tejada, cuyo interior estaba colapsado y cuya fachada permanecía sostenida por vigas de acero. Otro inmueble, en Lerdo y 21 de Marzo, presentaba daños interiores y exteriores y contaba con soportes metálicos.
Esas condiciones corresponden a lo reportado entonces. Determinar qué se reparó, qué permanece apuntalado y qué daños se agravaron requiere inspecciones actualizadas.
Los antecedentes muestran que el problema precede al último temporal. También recuerdan que la conservación tiene una consecuencia inmediata para quienes habitan y recorren el centro: una fachada deteriorada puede poner en peligro a peatones, comerciantes y vecinos.

Quién debe conservarlas
Después del derrumbe de septiembre, el alcalde Ricardo Moreno sostuvo que el Ayuntamiento no podía intervenir directamente en casonas particulares. Informó que los propietarios habían recibido notificaciones sobre los riesgos y señaló que les correspondería responder por daños a terceros.
La propiedad privada es una condición relevante, pero la legislación establece obligaciones e instrumentos de conservación.
El artículo 6 de la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos dispone que los propietarios de inmuebles declarados monumentos históricos o artísticos deben conservarlos y, cuando corresponda, restaurarlos con autorización del instituto competente.
El artículo 7 contempla que estados y municipios realicen trabajos de conservación y restauración de monumentos históricos con permiso y bajo la dirección del INAH. El artículo 10 prevé que el instituto competente efectúe las obras cuando el propietario requerido no las realice, con recuperación del importe por la Tesorería de la Federación.
La aplicación de esos mecanismos depende de la situación jurídica y del expediente de cada edificio. En el caso de Instituto Literario, la información municipal permite establecer que había daños conocidos y trabajos autorizados. Falta esclarecer qué intervenciones se ejecutaron después y qué seguimiento recibieron.
Un catálogo no detiene un derrumbe
Toluca tiene patrimonio documentado. El Catálogo Nacional de Monumentos Históricos ofrece fichas con ubicaciones, características arquitectónicas y antecedentes; el INAH también publica datos abiertos sobre los inmuebles catalogados.
Estos registros ayudan a identificar y estudiar los edificios. Un inventario histórico y un diagnóstico estructural responden, sin embargo, a preguntas diferentes: uno explica qué inmueble es y por qué importa; el otro permite conocer sus daños y las medidas necesarias para atenderlos.
Para los habitantes, el seguimiento de una casona en riesgo requiere información concreta: cuándo fue inspeccionada, qué establece su dictamen, cuáles obras se autorizaron y cuáles se realizaron.
La esquina de Instituto Literario y Nicolás Bravo muestra la importancia de esa continuidad. El edificio tenía un expediente de deterioro antes del nuevo colapso. Conocer el riesgo fue un paso; evitar otro desprendimiento exigía que las medidas se concretaran.
Volver a mirar las calles
Quien posee un inmueble histórico puede solicitar asesoría al INAH antes de modificarlo. Las obras en construcciones consideradas monumentos históricos requieren autorización expresa y un proyecto que permita evaluar la intervención.
Para los demás habitantes, consultar las fichas del catálogo permite reconocer la historia de edificios que forman parte de sus recorridos diarios. La época de construcción, los materiales y la distribución de una casa ayudan a comprender por qué merece conservarse.
El valor está también en esa familiaridad: la fachada que sirve de referencia para encontrarse con alguien, el portón junto al comercio de siempre, la calle cuya apariencia permite reconocer un barrio.
Toluca todavía puede leer parte de su historia en esas construcciones. La casona de Instituto Literario recuerda lo que ocurre cuando el deterioro avanza más rápido que su atención.
La siguiente lluvia encontrará las casonas en el estado en que hayan quedado. La diferencia la harán los trabajos ejecutados antes de que llegue.


Síguenos