- El pecado cotidiano
- El dolor sin consuelo
- La forma también es fondo
- Los “aviadores” del SEIEM
- La primavera y el colibrí
El pecado cotidiano
En el Estado de México, donde la fe se declara con facilidad y se practica con intermitencia, la Semana Santa llega como ese recordatorio amable de que todos sabemos lo que está mal… y aun así seguimos. El pecado, que antes pesaba, hoy se administra: se comete en público, se justifica en privado y, si alcanza el tiempo, se comenta con cierta elegancia. Ya no escandaliza, apenas incomoda. En esta versión liberal de la conciencia, cada quien negocia consigo mismo y sale, más o menos, bien librado. No porque haya cambiado la naturaleza humana, sino porque aprendimos a convivir con nuestras faltas sin hacer demasiado ruido. Y así, entre procesiones y silencios, el pecado deja de ser tragedia para convertirse en costumbre.
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El dolor sin consuelo
En los municipios rurales del Estado de México, donde la pobreza extrema alcanza niveles que superan el 40%, el dolor no es teológico ni simbólico: es material, cotidiano e ineludible. No remite al alma ni a la culpa, sino a la carencia; no se explica, se vive. Es la falta de ingresos, de servicios, de opciones, lo que convierte la existencia en resistencia. Ahí no hay redención posible ni narrativa que lo justifique, porque el sufrimiento no tiene sentido, solo tiene causa. Y esa causa no está en el individuo, sino en la estructura. Por eso incomoda: porque no puede interpretarse como prueba ni como destino, sino como resultado de decisiones —o de omisiones— perfectamente terrenales.
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La forma también es fondo
En política, las decisiones relevantes rara vez se anuncian; se desprenden de los hechos. En el caso de Óscar Flores, su salida de la Secretaría de Finanzas no es una posibilidad, sino una consecuencia natural de sus movimientos. No se trata de ambición, sino de lógica institucional: un encargo de esa magnitud —con la responsabilidad de conducir el presupuesto estatal— exige dedicación absoluta. Por ello, un funcionario de su experiencia entiende que el orden importa: primero se informa y se solicita autorización a la titular del Ejecutivo, y después se hace pública cualquier aspiración. No por formalismo, sino por disciplina política. Porque en el ejercicio del poder, la forma no es adorno: es sustancia.
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Los “aviadores” del SEIEM
Cuando se destapa el tema de los “aviadores” en la Secretaría de Educación, la tentación es pensar que se trata de un exceso reciente. No lo es. En el sistema federalizado, particularmente en el SEIEM, la práctica lleva años —sexenios— operando bajo una figura tan conocida como poco cuestionada: la “comisión sindical”. Bajo ese esquema, cientos de trabajadores aparecen en nómina sin presentarse nunca a sus centros de trabajo, no como excepción, sino como parte de un arreglo tolerado. No es un desorden, es un sistema paralelo donde el salario se desvincula de la función. Y aunque todos lo saben —autoridades, sindicato, estructura— nadie lo toca de fondo. Porque ahí no hay error administrativo, hay equilibrio político. Y cuando el dinero público se convierte en herramienta de control, lo que menos importa… es si alguien está o no trabajando.
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La primavera y el colibrí
Abril inicia con cifras que no admiten demasiada interpretación: la presidenta ronda el 80% de aprobación en el Estado de México y la gobernadora se mantiene en 66%, ubicándose entre las mejor evaluadas del bloque oficialista. En una entidad compleja, la mayoría no solo respalda, sino que acepta la continuidad del proyecto. No es entusiasmo desbordado, es algo más estable: aprobación sostenida. Y en ese contexto, el colibrí —símbolo personal de Delfina— adquiere sentido político: pequeño, discreto, persistente. No irrumpe, no confronta, no estridencia; se mantiene. Como su gobierno. Porque en este momento, más que transformar con ruido, la apuesta parece ser sostener sin sobresaltos. Y por ahora, los números le dan la razón.

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