La pausa
El Viernes Santo en Toluca funciona como un experimento de psicología social donde nadie da la instrucción, pero todos obedecen con una precisión casi coreográfica. Se activa esa “conciencia colectiva” de la que hablaba Émile Durkheim: una norma invisible que baja el volumen de la ciudad, desacelera el paso y modera incluso el ánimo. No es estrictamente fe, es hábito sedimentado convertido en regla tácita. La ciudad del trámite, del claxon y del “urge para ayer” descubre —aunque le incomode— que puede vivir más despacio. Y ahí está el detalle: no es incapacidad, es elección… o más bien, falta de ella el resto del año.
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Acuerdo silencioso
Lo más fascinante es que hasta el incrédulo entra al ritual sin darse cuenta, no por devoción sino por pura conformidad social, esa que explicó Solomon Asch cuando demostró que el individuo prefiere coincidir antes que desentonar. Si todos bajan la voz, tú también; si todos caminan despacio, ni modo que salgas corriendo como si persiguieras un trámite en ventanilla. Es un teatro sin director donde cada quien interpreta su papel con disciplina admirable. Y Toluca, por unas horas, se parece a una ciudad más habitable, más contenida, casi civilizada… lástima que mañana se nos pasa.
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La excepción que rompe la inercia
En un Estado de México donde lo “normal” durante años fue ver crecer los índices delictivos como si fueran inflación mal contenida, la gestión del secretario de Seguridad, Cristóbal Castañeda Camarillo, introduce una anomalía que incomoda a más de uno: la reducción sostenida de delitos con datos duros, medibles y verificables. No es discurso, es tendencia. En términos estructurales, rompe con la inercia heredada del régimen priista donde la seguridad era más narrativa que resultado. Hoy, con cifras en la mesa, Castañeda se perfila —aunque suene exagerado y a algunos les dé urticaria admitirlo— como el jefe policiaco más eficaz que ha tenido el Edomex en lo que va del siglo. Y eso, en un territorio acostumbrado al deterioro constante, no es menor: es, casi, una rareza estadística.
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Reflector ajeno
En política, a veces no se vuelve por decisión propia sino porque alguien más decide que es buen momento para recordarte, y eso parece estar ocurriendo con Alfonso Navarrete Prida. Alejado de la vida pública tras el sexenio de Enrique Peña Nieto, su nombre reaparece no por iniciativa propia, sino colocado en la conversación —y en el patíbulo digital— por sus adversarios, que lo vinculan con presuntos intereses en la Policía Auxiliar. No hay elementos públicos concluyentes para afirmarlo ni para descartarlo, y tampoco se trata de exonerar a nadie; lo relevante es la operación: alguien decidió sacarlo del archivo y ponerlo de nuevo bajo la luz. En política, el silencio rara vez es vacío… casi siempre es antesala de algo.
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El arte de no estorbar
Mientras otros hacen ruido para existir, Juan Carlos González Romero avanza pian pianito, acumulando capital político sin incomodar a la gobernadora ni desordenar la mesa. Da resultados en su tramo de responsabilidad, evita el reflector innecesario y entiende —cosa rara— que hay tiempos para guardar lo personal y entregarse al servicio público. En un entorno donde la sobreexposición suele confundirse con liderazgo, su discreción opera como estrategia de alta escuela: crecer sin hacer olas. No lo pierdan de vista, porque en política el que sabe esperar… suele llegar. 2029 ya empezó para algunos.

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