- La desbandada medible
- La mudanza calculada
- La transferencia de poder
- El ciudadano como variable de ajuste
- La lealtad como tránsito
La desbandada medible
Al PRI mexiquense le han renunciado seis alcaldes en funciones —Miguel Ángel Ramírez Ponce (Lerma), Saray Benítez Espinoza (Mexicaltzingo), Manuel Vilchis Viveros (Zinacantepec), Abuzeid Lozano Castañeda (Ixtlahuaca), Iris Loreto (Amanalco) y Jesús Mercado Escobar (Texcaltitlán)—: una tercera parte de los 18 municipios que aún podía contar como propios. No es anécdota, es proporción; no es ideología, es cálculo. En términos de campo, el capital partidario dejó de rendir y comenzó a depreciarse, de modo que la pertenencia ya no organiza la acción: se administra. Por eso la salida no es estruendosa, es funcional; no se proclama, se ejecuta. En paralelo, el silencio de la dirigencia estatal, hoy bajo la senadora Cristina Ruiz Sandoval, opera como signo y no como estrategia: cuando el discurso no ordena la realidad, la realidad ordena el discurso… o lo sustituye.
***
La mudanza calculada
Quienes han dejado el PRI no lo han hecho por una epifanía ideológica, sino por una aritmética elemental del poder. No hay aquí conversiones doctrinarias, hay traslados: se renuncia cuando el destino está garantizado, cuando la puerta de salida coincide con la de entrada en otro partido —con frecuencia el Verde o Morena—. La decisión no se explica por principios, sino por incentivos: gobernabilidad, recursos, protección política y horizonte electoral. No son mujeres y hombres persiguiendo ideales, sino agentes maximizando permanencia; administran su capital político y lo recolocan donde rinde. Cambia el color, no la lógica.
***
La transferencia de poder
En cada salida, el PRI no pierde solo una militancia: cede un nodo. Pierde territorio, pierde red, pierde información y pierde capacidad de negociación. Del otro lado, Morena y el Verde no ganan un nombre: absorben una estructura en marcha. Incorporan operadores, control presupuestal, acceso a programas y una red ya aceitada de lealtades; convierten un municipio en plataforma para 2027. Es una transferencia de activos políticos: lo acumulado por años cambia de manos y se pone a producir de inmediato. No es ideología, es logística del poder.
***
Lee también: PRI pierde 65 mil militantes en el Edomex; cae 21.9%
El ciudadano como variable de ajuste
Aquí no hay traición a grandes ideales porque el sistema no está diseñado para ponerlos al centro. La mudanza de alcaldes exhibe un arreglo donde el ciudadano no es sujeto de poder, sino insumo de operación: voto que se activa por incentivos, lealtades que se gestionan y se trasladan, no que se deliberan. En ese esquema, la alternancia de siglas no altera la ecuación: las burocracias partidistas conservan el control y el elector apenas cambia de ventanilla. Se gana, si acaso, eficiencia en la gestión; se confirma, en el fondo, la ausencia de empoderamiento ciudadano. El poder se mueve, la estructura permanece.
***
La lealtad como tránsito
Anthony Domínguez Vargas confirma que, en la política mexiquense, la lealtad es más una estación que un destino. Nunca ha sido su fuerte: ni hacia personas, ni hacia ideologías, ni hacia proyectos. Hoy se distancia de la gobernadora Delfina Gómez Álvarez, de quien ha pasado a ser crítico, en un gesto que no sorprende y tampoco pesa demasiado: su gravitación es reducida y su antigua fuerza —si así puede llamarse— residía en su interlocución con grupos fácticos en la Tierra Caliente. Sin ese anclaje, su margen se estrecha. Aun así, todavía consejero de Morena, se alinea con Higinio Martínez Miranda. Es una apuesta desde la intemperie: previsible, casi inexorable. Porque cuando no se tiene territorio, se busca padrino; y cuando no hay proyecto, se persigue sobrevivir.
Te puede interesar: Higinio o la política como permanencia

Síguenos