Ni revolucionarios, ni villanos… progresistas bon vivant

La revolución no exige renunciar a todo, pero sí pensar en todos. Y eso, más que un linchamiento, es una invitación a la sensatez
julio 30, 2025

Las imágenes no mienten, pero tampoco lo cuentan todo. En los últimos días circularon fotos de figuras vinculadas a la izquierda política en escenarios tan distantes como Grecia o Japón. El viaje de Andrés Manuel López Beltrán a Tokyo y las vacaciones del alcalde de Toluca, Ricardo Moreno, en el Mediterráneo griego reavivaron un viejo dilema: ¿hasta dónde debe llegar la congruencia entre el discurso público y la vida privada?

No se trata de cuestionar que alguien disfrute de su tiempo libre o que gaste su dinero como mejor le parezca. La vida privada merece respeto. Pero cuando se ocupa un cargo público —o se forma parte de una élite política que enarbola banderas de justicia, igualdad o austeridad— la vara con la que se mide es, inevitablemente, distinta.

La llamada “justa medianía”, que Benito Juárez convirtió en principio ético, no implica renunciar a la dignidad ni al descanso, sino mantener un estilo de vida sobrio, discreto, consciente del contexto que se habita. Porque mientras algunos funcionarios recorren el mundo, millones de personas en el Estado de México y en todo el país enfrentan carencias básicas: agua, seguridad, empleo, movilidad. La desconexión no es un pecado, pero sí un riesgo.

“No basta con ser honesto; también hay que parecerlo”, advertía Cicerón. En política, la forma es fondo. Y aunque no haya evidencia de que estos viajes se hayan financiado con recursos públicos, lo que incomoda a muchos ciudadanos no es el gasto, sino la narrativa: el contraste entre el discurso de pueblo y el estilo de vida que parece todo menos eso.

Albert Camus lo dijo con precisión: “El hombre honesto es el que no se escuda en su ideología para justificar privilegios”. En otras palabras, no se trata de linchar a nadie por sus decisiones personales, sino de invitar a una reflexión más profunda: ¿puede alguien proclamarse parte de un movimiento transformador si no asume con seriedad lo que representa?

Viajar, descansar, disfrutar, no son actos reprochables. El problema surge cuando se pretende sostener una narrativa épica y popular mientras la imagen proyectada es la del privilegio. George Orwell escribió que “la mejor forma de servir al pueblo es no perder la capacidad de parecerse a él”.

El progresismo está llamado a ser algo más que una postura política: debe ser una forma de vivir con responsabilidad simbólica. No se trata de vivir en la precariedad, sino de no olvidar que la congruencia también es un acto de justicia.

En tiempos de descrédito institucional y escepticismo social, la austeridad no es solo una promesa presupuestaria. Es una actitud ética. Quien quiera asumir causas sociales, debe estar dispuesto a cargar con su coherencia. Y si elige otro camino, también está en su derecho. Solo no debe proclamarse revolucionario.

Porque la revolución no exige renunciar a todo, pero sí pensar en todos.
Y eso, más que un linchamiento, es una invitación a la sensatez.

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Mario Garcia Mendieta

Mario Garcia Mendieta

Periodista orgullosamente formado en AD Noticias. Diplomado en Leadership & Management por Harvard Business School. Viajero curioso y amante de la comida. [email protected]

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