Con mucha frecuencia es un árbol el que nos impide ver el bosque. La distracción en los detalles llega a obnubilarnos de tal manera que ignoramos la masa que casi nos devora. Las últimas semanas los medios de comunicación, las redes sociales, las charlas informales han estado inundadas de ruido. La gritería en torno del hijo del presidente, un reportaje sobre una casa en la que vivió, su esposa, la reacción del propio presidente y un verdadero enjambre de inferencias, suposiciones, falsedades, calumnias y ataques han terminado por conformar una barahúnda en la que parece imposible dialogar.
Pero no es el único ruido, a él se le suman todos los escándalos sobre los que muchos vociferan: que si el anillo de Belinda, que si las balaceras de Palazuelos, que si la reventa por los boletos de Bad Bunny, que si los pleitos de Adame. Hay en el ambiente tal vocerío que solo es equiparable con un enjambre —para emplear la metáfora que sugiere el filósofo coreano Byung Chul Han. Este enjambre tendría su origen en una característica de los modos de percibir que genera la comunicación digital y que ya son propios de nuestra era.
Una característica de la comunicación digital es que encandila, es como los fuegos artificiales. Su efecto deslumbrante se deriva del enfoque que nos permiten. A través de las redes sociales enfocamos, nos “clavamos”, en los detalles; pero ello encierra el gran peligro de hacernos perder perspectiva. Sólo mirando al horizonte es que uno puede ensanchar la mirada, ubicarse y atisbar con la mayor amplitud posible. Pero lo que literalmente hacen las nuevas tecnologías es obligarnos a clavar la mirada en la pantalla, impidiendo ver el horizonte.
Una consecuencia de este cambio en la mirada es precisamente ver árboles y no el bosque. La superficialidad de la mirada nos mantiene alejados de las grandes discusiones de los temas graves que tenemos como sociedad, incluso como especie.
Lo que literalmente hacen las nuevas tecnologías es obligarnos a clavar la mirada en la pantalla, impidiendo ver el horizonte.
Hoy queda mucho más claro que la discusión pública está enfrascada en cosas superficiales.
Eso impide cuestionar el orden establecido. Quedarse en los detalles, sucumbir a la hiperinspección que permiten las tecnologías digitales —donde todo queda grabado, donde hay imágenes de todo, donde “siempre hay un tuit” o un post que puede ser revisitado hasta la náusea— apuntala la perspectiva que hace de todo un espectáculo, un escándalo.
La abundancia de ruido, de escándalo, no solo impide escuchar a los otros, sino que impide concentrarse en los problemas verdaderos, profundos, trascendentes de la sociedad. Nadie puede ignorar que estamos en medio de una mutación climática, que estamos en una sociedad productora de pandemias —no solo la actual de covid-19—, que el orden social produce y reproduce desigualdad creciente, que hay ya en el planeta más productos plásticos que la biomasa de todos los serse vivos, que hemos naturalizado la violencia, que mueren cientos de miles cada año por sobredosis de drogas, que el suicidio va al alza.
El bosque que no vemos incluye una concentración de riqueza y un crecimiento de la pobreza sincronizados; incluye un déficit de agua que en el país ya llega a la tercera parte de la población; incluye una precarización creciente del trabajo, un sobregiro ecológico cada vez más deficitario; una movilidad social casi nula. En pocas palabras, no ver más allá de la superficie es ya una característica del modo de percepción que impulsan los medios digitales.
Mientras todos gritamos en las redes, los grandes negocios siguen haciéndose a expensas del planeta, de la vida, de la dignidad de las personas. Mientras todos opinan —con la inmediatez que reclaman las dinámicas de las redes sociales digitales— sobre si la casa en la que vivió unos meses el hijo del presidente tiene alberca pero el pasto está descuidado, o que si el medio que la dio a conocer tiene financiamiento poco claro, los temas de gran calado pasan inadvertidos.
Desde hace un buen rato ya que no se ponen sobre la mesa propuestas de un modelo de nación. Lo único que se avienta para que todos se ocupen de ello y contribuyan al ruido, al enjambre, son escándalos. Lo mismo ocurre a escala planetaria, los proyectos para subsistir como especie son acallados por los escándalos del momento.
Lo efímero de cada uno de esos escándalos no importa, otro vendrá a sustituirlo, porque el enfoque en los detalles, la vocación por quedarse en la superficie, por agachar la cabeza para mirar la pantalla, es el signo de la comunicación digital.


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