- El chaleco como acta de nacimiento;
- Oposición con bisturí y megáfono;
- Todos contra Daniel;
- Cubrebocas: salud y negocio;
- El cansancio hereditario.
El chaleco como acta de nacimiento
La reciente afiliación de Saray Benítez a Morena no es un cambio de ideas, es un acto de ubicación. En municipios pequeños, la ideología sirve para los discursos y el poder para gobernar. El chaleco guinda funciona como bautizo civil: no lava culpas ni explica trayectorias, pero otorga pertenencia. El mensaje no va al electorado, va a la estructura: aquí estoy, con quién mando y desde dónde negocio. El PRI, mientras tanto, confirma lo que ya sabíamos pero fingía no ver: dejó de ser red y se volvió recuerdo. En política mexiquense, cuando el abrigo ya no cubre, uno se cambia antes de que empiece el frío.
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Oposición con bisturí y megáfono
Cristina Ruiz hace lo que hace toda oposición cuando huele ciclo electoral: convierte la realidad en munición y la matiza hasta que le conviene. Parte de lo que dice tiene piso: planeación, transparencia, eficacia son flancos inevitables en cualquier gobierno; el problema es el “detalle” priista: cuando el argumento se queda sin datos, entra el sesgo y la frase se vuelve sentencia. ¿Por qué lo dice? Para reconstruir autoridad moral donde el PRI la perdió y para reactivar estructura con causa social y nostalgia de “buen gobierno”. ¿Para qué? Para amarrar a su electorado natural, seducir al anti-4T de ocasión y mandar mensaje a la élite municipal: “Todavía existo, todavía negocio”. El efecto no depende de que tenga razón completa, sino de que el receptor ya traiga la duda puesta: al que odia a Morena le confirma; al que no, le suena a reciclaje.
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Todos contra Daniel

En Izcalli, el clima ya no es político, es atmosférico: la presión sube y alguien va a tronar. Alrededor de Daniel Serrano se articuló un frente extraño, eficaz y nada romántico: priistas, panistas, emecistas y hasta morenistas resentidos confluyen en un TUCOD tácito, Todos Unidos Contra Daniel. No los mueve la ideología ni una evaluación seria de resultados; los anima algo más terrenal: intereses personales, espacios perdidos, negocios interrumpidos y egos desplazados. Los haters del alcalde empujan, presionan y hacen ruido para evitar lo que parece inevitable: su reelección. La cuerda se tensa porque no hay causa pública que la ordene, solo cálculo privado que la acelera. Y cuando la política se reduce a vendettas de grupo, el conflicto deja de ser debate y se vuelve ajuste de cuentas. En Izcalli, ya no se discute el rumbo del municipio, se disputa quién se queda con el volante.
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Cubrebocas: salud y negocio
El sarampión reabre el viejo debate del cubrebocas, pero con una diferencia incómoda: aquí el virus no negocia y la política, sí. Ya se empuja su uso en escuelas; sobre todo, en interiores y donde no alcanza la distancia, junto con filtros sanitarios diarios. La pregunta de fondo no es si la tela “sirve” (sirve como capa, no como milagro), sino quién convierte la prevención en acto de autoridad y quién la traduce en acto de compra. Porque cuando el miedo se vuelve norma, siempre aparece el proveedor patriota vendiendo urgencia a sobreprecio. Y mientras se discute el cubrebocas, lo único estructural sigue siendo lo que menos da votos y menos contratos: vacunar, completar esquemas y aceptar que la salud pública no se administra con conferencia de prensa.
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El cansancio hereditario

A la familia Vargas Contreras se le empiezan a descomponer las cosas donde más duele: en la paciencia social. La maniobra para retener por quinta ocasión consecutiva la presidencia municipal, turnándose el poder entre esposos como si fuera vajilla familiar, ya no genera resignación, sino malestar abierto. En tierra, el ambiente es otro muy distinto al que reporta la realidad virtual de Massive Caller, donde todo mundo siempre va ganando hasta que pierde. Los Vargas controlan presupuesto, estructura y operadores, sí, pero eso no equivale a aprobación mayoritaria. Tienen el aparato, no el ánimo. Y, en política local, ese desfase suele ser mortal. Si la izquierda acierta y empuja en 2027 a un candidato o candidata con arraigo, discurso y oficio, la era VC no terminará por escándalo ni por derrota épica, sino por algo más simple y más letal: hartazgo. En los municipios, cuando la familia confunde continuidad con herencia, el electorado suele recordar que el voto no se hereda.

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