En los últimos días tuve la experiencia de recibir la vacuna contra la covid-19. A diferencia de miles de millones de personas en el mundo, que no tienen siquiera la esperanza de recibirla, me sume a la lista de más de 15 millones de mexicanos que ya han sido inoculados. La experiencia fue aleccionadora. Eran cientos, quizá miles, los que al mismo tiempo que yo hacían fila en las sedes habilitadas para este fin. Personas en edad productiva, que incluso requieren la constancia de haber sido vacunados como requisito para su trabajo, parecían ávidos de recibirla.
Semanas antes ya había tenido oportunidad de acompañar a familiares de la tercera edad a recibir su vacuna y pude percibir ese halo de esperanza que se respiraba en las filas. En esta ocasión no fue distinto. Más allá de quienes se crispaban por lo lento en que sentían avanzaba la fila, en la mayoría de la gente se percibía una sensación de alegre alivio por recibir un medio de protección más contra el virus que ha trastocado nuestras vidas en los últimos meses.
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El trato recibido siempre fue atento, amable y hasta comedido. El personal policial, de protección civil, de bomberos, de enfermería y hasta voluntarios involucrados se mostraba comprometido. Parecían todos ellos saberse tomando parte de una especie de gesta colectiva contra un enemigo tan atroz como invisible. En la espera un par de horas y frente a la enfermera unos 30 segundos. Las advertencias obligadas: tome muchos líquidos y, si puede, dese un baño más tarde, para evitar que le dé fiebre o tenga alguna molestia. Luego, me mostró la vacuna y, acto seguido, el piquete, casi imperceptible. A esperar unos minutos para cerciorarse de no presentar reacciones adversas inmediatas y, luego, a casa. Más allá de un ligero dolor en el brazo donde fui vacunado, no tuve molestia alguna en los siguientes días.
La respuesta inmunitaria que se inicia con la vacunación es, desde luego, imperceptible. En la parte psicológica, en cambio, detona algunos procesos de sugestión que devuelven parte de las certezas perdidas por los estragos de la pandemia en el último año. Como signo de nuestros tiempos, muchos producían la evidencia gráfica del acto y, casi en vivo, la compartían en sus redes sociales: sin foto, las cosas no suceden. Con esta última acción parecían apelar a la fe pública para dar constancia de que, en efecto, habían sido vacunados. Publico, luego existo.
En las últimas semanas la vacunación en México ha tomado un ritmo constante. Quizá habría necesidad de más celeridad, pero sabemos todos de las dinámicas de acaparamiento de vacunas que imperan en el mundo y conseguirlas no es fácil. La OMS ha insistido por meses en que los países desarrollados se muestren generosos y permitan que los países menos favorecidos tengan acceso a ellas. Los llamados no han tenido mucho eco.
Somos ya el tercer país de todo el continente con más número de dosis aplicadas (sólo detrás de Estados Unidos y Brasil). Los pronósticos oficiales e independientes ubican dentro de un año el punto en el que la mayoría de la población mexicana haya sido vacunada. Acá, a diferencia de otros países, hay poca resistencia a recibir la vacuna. En Estados Unidos, por ejemplo, han tenido que recurrir a incentivos diversos para que la gente acceda: rifas, regalos, promociones de todo tipo están siendo empleadas para vencer esas resistencias.
Nosotros, más allá de rehuirle al piquete, no ponemos mayor objeción. Quedaron absolutamente rebasados aquellos intentos por boicotear la campaña de vacunación del gobierno. Lejos y añejos se recuerdan aquellos dichos sobre que México estaba consiguiendo vacunas baratas y que había ido a mendigar dosis a distintos países. Hoy parece firme y en curso el proceso de vacunación. Es verdad que algunos han tenido que esperar mucho por su segunda dosis (en el caso de las vacunas que así lo requieren), pero estudios científicos en distintas partes del mundo han reunido evidencia en el sentido de que retrasar las inyecciones de refuerzo (es decir la segunda dosis) produce una respuesta inmune mucho más fuerte (puede verse este estudio publicado en la prestigiosa revista Nature: https://www.nature.com/articles/d41586-021-01299-y).
Ojalá y ese sentimiento de esperanza que se experimenta tras recibir la vacuna sea acompañado de comportamientos responsables por todos y que nos encaminemos a dejar atrás los confinamientos, la saturación hospitalaria y el exceso de mortalidad. Así lo sentí al estar en el centro de vacunación y creo que era una emoción compartida por la mayoría.


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