El epitafio de un rector que no supo despedirse

A 40 días del inicio del paro universitario, Miroslava Carrillo y José Luis Arriaga analizan el rectorado de Carlos Barrera Díaz, que dejó a la UAEMéx sumida en una de las crisis más profundas de su historia
junio 7, 2025

Los epitafios no admiten réplica. El que se inscribirá tras el rectorado de Carlos Barrera Díaz no será honroso. Pues el legado de una persona no radica en lo que dice haber hecho, sino en lo que la gente recuerda de su actuación. Del paso de Barrera Díaz al frente de la Rectoría de la UAEMéx difícilmente se recordarán sus acciones durante 47 meses. Con seguridad, solo se recordará lo que hizo y dejó de hacer en el último mes: el 48.

Cuando asumió el encargo de rector, lo hizo detrás de un cubrebocas y en una ceremonia a puerta cerrada (eran los tiempos de la pandemia de Covid-19). Irónicamente se despidió detrás de un alud de críticas e igualmente en privado. Obligado a renunciar por una movilización estudiantil que tomó el edificio de Rectoría y decenas de instalaciones universitarias.

Cómo llegó y cómo se fue

El 14 de mayo de 2021, el Consejo Universitario lo eligió rector de la Máxima Casa de Estudios del Estado de México. Barrera Díaz llegó como candidato único; los otros dos participantes renunciaron durante el proceso. Con 93 votos a favor, cinco abstenciones y tres nulos, fue investido para el periodo 2021-2025. En su primer mensaje, aseguró que sería fundamental «ratificar la identidad y el compromiso con la sociedad, avanzar en la equidad de género, establecer un diálogo franco y abierto basado en el respeto, la tolerancia y justicia, para construir una universidad integral e inclusiva».

En apariencia, los dos retos más importantes al asumir el cargo eran: por un lado, los pasivos financieros de la institución (que en el último informe de su antecesor se decía que habían pasado de 5 mil millones de pesos a solo 800). Y, por el otro, el retorno a las aulas tras meses de confinamiento por la pandemia. Que incluso llevó a miles de jóvenes a abandonar la educación media superior, superior y posgrado.

Cuando él asumió la Rectoría, las movilizaciones estudiantiles a favor de la equidad de género y la no violencia contra las mujeres (ocurridas entre finales de 2019 y principios de 2020) ya se habían «enfriado». De hecho, el confinamiento sanitario propició la devolución de los planteles tomados, pero los problemas no se habían resuelto. La cuarentena desactivó la movilización, pero muchas de las causas que motivaron aquella revuelta estudiantil permanecían intactas. No eran culpa del nuevo rector, pero ahora eran su responsabilidad. Esto fue una primera señal de que su administración requeriría una intensa labor política.

La labor política es crucial para prever conflictos, consolidar el poder y mantener lealtades. Aunque la Universidad es una institución académica, también es una comunidad de más de cien mil personas. Coordinar tantas voluntades no puede hacerse solo con criterios académicos o administrativos. La operación política se vuelve necesaria para quien pretende encabezar una comunidad como la UAEMéx.

Claramente, el rector Barrera Díaz privilegió lo administrativo. Enfocándose en liquidar adeudos históricos (como el del ISSEMyM) y asegurar recursos financieros para evitar carencias (a diferencia de la etapa final de su antecesor, Barrera Baca). Claramente se enfocó en cuánto dinero, cuánta matrícula, cuántos proyectos, cuántas certificaciones, cuántos investigadores, cuántas publicaciones, cuántas aulas y pupitres, pero hubo poco interés en las personas. Dejar de lado la operación política fue un grave error que derivó en la crisis actual de la máxima casa de estudios mexiquense.

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Preservar la estabilidad de la comunidad universitaria no es sencillo; requiere habilidades a varios niveles. En lo institucional, se demanda certeza, continuidad administrativa, legalidad, finanzas sanas y relaciones cordiales con el entorno político-institucional. A nivel de lo comunitario, son necesarios sensibilidad, buen trato, comunicación abierta y canales de interlocución con todos los actores, individuales y grupales. Y, por si fuera poco, a nivel personal hace falta cultivar lealtad y compromiso con los cercanos, así como tacto y diligencia con los ajenos.

Sumar voluntades no es algo que todos logren siempre. Quien ocupa una posición de liderazgo debe, desde el inicio, pensar en su despedida. Pues cuando está arriba es el momento de sumar voluntades y fortalecer los lazos que sostendrán su retirada.

El encargo de rector de la UAEMéx dura solo 48 meses. Cada día es una oportunidad para prevenir problemas, resolver conflictos, granjear afectos, blindar lealtades y sumar respaldo. Esto debe hacerse con base en el trabajo, cumpliendo las funciones y ejerciendo las facultades que la ley otorga al rector. Sin embargo, también se pueden eludir estas acciones, postergar, desoír, despreciar, minimizar o acallar. El problema es el saldo final: ¿qué se hizo más?

Es ingenuo pensar que quien llega a un lugar como el de rector de la UAEMéx lo hace solo, ejerce el mando solo y se retira solo. Todo rector es producto de un trabajo grupal y ese grupo, a su vez, forma parte de una amplia comunidad. Esta última está integrada mayoritariamente por estudiantes y, en menor medida, por docentes y trabajadores. Con todos ellos es necesario dialogar en torno de lo que tienen en común (y que por ello hacen comunidad): la universidad. Ese diálogo es el corazón de la labor política y volverla un ejercicio habitual da estabilidad. Una comunidad estable no es necesariamente una comunidad sometida; más bien es un colectivo donde todos se sienten partícipes, incluidos, atendidos e identificados.

Si, por el contrario, se entiende la labor política como ejercicio omnímodo del poder y se vuelve práctica habitual confrontar, acallar, minimizar, marginar o ignorar a los miembros de la comunidad, no hay una comunidad estable sino un campo de tensión. Bajo una circunstancia así, el campo se rompe al ser aplicada una fuerza que quebranta el frágil equlibrio. En la Física se dice que la tensión excede el límite de resistencia, por lo cual sobreviene una falla.

En suma, el caso del rector Barrera Díaz subraya una verdad ineludible en la gestión de comunidades tan complejas como la UAEMéx: la administración sin política es una fórmula para el fracaso. Los problemas no resueltos, las voluntades no sumadas y los grupos ignorados se acumulan hasta provocar la falla y desatar una crisis. El legado del exrector ineludiblemente va a ser ponderado no solo por las finanzas saneadas o los proyectos concretados. Sino por la (in)capacidad de mantener la estabilidad, la cohesión y la gobernabilidad de una comunidad diversa y vibrante. La lección es clara: en la universidad, como en la vida, la labor política no es un apéndice es, de hecho, lo que nos hace humanos.


Evaluación sobre el rector

Por: Miroslava Carrillo

Es difícil para cualquier integrante de la comunidad universitaria y en general para toda la sociedad, externar un juicio evaluatorio serio y objetivo de una autoridad o institución, sin que no se caiga en puntos de vista parciales y opiniones subjetivas. La objetividad, solo se lograría utilizando métodos serios de evaluación y auditorías, que arrojen resultados comprobables, en términos de la congruencia entre medios y fines.

Puedo aceptar sin conceder, por lo que se ha dicho a través de los medios y de las propias autoridades universitarias, que en términos administrativos se saneo a la institución. Ya que se cubrieron pasivos que venían arrastrándose de otras administraciones. Tal es el caso de adeudos al ISSEMyM, cumplimiento de becas,  de estímulos y reconocimientos a trabajadores administrativos. También podemos igualmente puedo aceptar que la UAEMéx esté catalogada como una de las mejores universidades públicas del país.

Concediendo que todo lo anterior sea totalmente cierto, no hace a esta rectoría extraordinaria. Es más bien su obligación y responsabilidad y la expectativa mínima que tenemos y esperamos la comunidad universitaria y la sociedad en general de sus autoridades, en este caso de su rector. En conclusión, no hay resultados extraordinarios y menos espectaculares. Todo es resultado de la inercia de cómo se venían manejando las cosas en otras administraciones y de acuerdo a los recursos presupuestales con que se cuenta y se dispone.

Que una institución o empresa publicitaria externa a la UAEMéx, diga que esta universidad o cualquier otra, es de las mejores del país puede ser motivo de duda y cuestionamiento. Como aquellas instituciones públicas que utilizan y pagan los servicios de empresas para promocionarse como las mejores.

Sin duda un error visible y evidente del rector Barrera, fue su falta de sensibilidad política y de interlocución con la comunidad universitaria. Dando como resultado ingobernabilidad y parálisis de actividades. Para lo que solo tuvo como respuesta el silencio, la inacción e invisibilidad, que lejos de atenuar agravó el conflicto.

Hay que entender que la falta de sensibilidad para la interlocución, el diálogo y la negociación, es tan lesiva como la corrupción. Porque implica ausencia de capacidad, de compromiso y ética en el servicio. De ello no solo es responsable el rector, sino también, el consejo universitario como la máxima autoridad universitaria, por su silencio, complicidad y falta de actuación.

Cómo será recordado el exrector Carlos Barrera

Sin el afán de hacer leña del árbol caído, Carlos Barrera, creo yo,  será recordado como el rector, que en lo que corresponde a la parte sustantiva (docencia, difusión de la cultura, investigación) de la institución, en los cuatro años de su mandato, realizo simple y sencillamente lo que tenía que hacer y a lo mínimo que estaba obligado. El desarrollo de los programas establecidos, nada distinto e innovador, no hubo (por lo menos comprobable) incremento en la calidad y excelencia de la educación.

En la parte adjetiva, ciertamente cumplió con obligaciones de pasivos, de instituciones acreedoras, con estudiantes y trabajadores, todo ello en función del presupuesto disponible. ¡Nada extraordinario! Alguien con los medios presupuestales necesarios lo debía hacer.

En lo que corresponde a la parte política y social, puede afirmarse que flagrantemente no entendió el momento político por el que transita el  estado y sus instituciones. Mantuvo el mismo modelo centralista y de control de sus antecesores. Pero, concretamente, en la parte final de su mandato (el último par de meses) no supo conducir el proceso de elección de su sucesor (a). Le falto sensibilidad y entendimiento de la dinámica social y política de la institución. Lo que dio como resultado, cuando se manifestó el desacuerdo, una nula interlocución y construcción de acuerdos. Tuvo como respuesta solo un manifiesto silencio, invisibilidad e inacción lo que permitió que el conflicto escalara.

El problema principal, no fue que el rector haya simpatizado o tuviera candidata. Aunque por supuesto esta no es una actitud de imparcialidad y equidad; el problema central, fue la falta de una conducción articulada de la política para integrar y armonizar posiciones e intereses diversos, que habitan de manera natural en la comunidad universitaria. Lo que forma parte muy importante de sus obligaciones y trabajo como rector.  En tal virtud, creo, que al igual que su homólogo Jesús Barrera Legorreta obligado a renunciar en 1977, será recordado como un rector, de no muy grata memoria. Que no supo entender que, en una institución como la universidad, su capital más valioso que da razón de ser a esta, es su capital humano. Al que hay que mirar, escuchar con respeto y convencer con la fuerza de las ideas y la razón. 

Jesus Barrera Legorreta. / Foto: Dialnet.

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Parece contradictorio, pero el gran legado de Carlos Barrera, por supuesto sin proponérselo y aun en contra de  su voluntad, será haber generado la posibilidad de una serie de cambios profundos y estructurales (espero que así sea). Que den paso a la construcción de una institución moderna y vanguardista la que reclama su comunidad y la sociedad a la que se debe.

Finalmente, vale la pena reflexionar que ser rector, sin lugar a duda, es un gran honor y el más grande privilegio para cualquier universitario, pero también implica una enorme responsabilidad y compromiso, que cuando no se asume plenamente, así sea el último mes o día se su mandato, se pueden obtener resultados inversamente proporcionales como es el descredito y el desprestigio.

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