Ayer lunes por la mañana muchas calles fueron tomadas por los padres de familia a quienes se les hizo tarde para llevar a sus hijos a la escuela, se estacionaron en segunda y tercera fila, impidiendo el tránsito, generando tráfico para molestia de quienes circulaban hacia otras rutas, así fue el regreso a clases fuera de las escuelas públicas.
El ocho de enero también regresaron los maestros, su lugar de trabajo: el aula, les esperaba con sus alumnos, seguramente la rosca de reyes amortiguó el impacto de la incorporación a las actividades escolares cotidianas, con algunas situaciones particulares en este dos mil dieciocho como las siguientes:
El profesorado se reincorporó al trabajo en condiciones desfavorables por la probabilidad de no muy buenos resultados en este ciclo escolar y seguramente a él lo harán responsable de los mismos, en virtud de que socialmente le han exigido funciones y tareas que los maestros están lejos de ser los únicos involucrados, porque sus competencias se ven limitadas o condicionadas por factores institucionales, naturales como fueron los sismos de septiembre de 2017, culturales y económicas de sus alumnos, generando condiciones ajenas que le impiden dar garantías educativas que van más allá de sus posibilidades y capacidades.
Los maestros, sobre todo en estos contextos han tratado de adivinar que se espera de ellos, han interpretado entre líneas las demandas y ejecutado acciones sin preguntarse acerca del sentido de las mismas, no pocas veces han dejado de cumplir con instrucciones porque no comprenden el para qué de las mismas o porque suponen que atentan contra su estabilidad o seguridad laboral o profesional, la terrible carga administrativa imperante es un claro ejemplo, con reportes y más reportes de datos que se repiten y no se procesan, quitando tiempo al trabajo escolar.
Es claro que existen visiones distintas, parciales, fragmentadas acerca de lo que se espera de la educación, los maestros, los alumnos, los padres de familia, los directores, la propia autoridad, en fin, de los diferentes actores educativos, es difícil, por no decir, imposible trabajar en común acuerdo en una función compleja como la educación.
A nivel escolar la situación tiende a ser más complicada cuando se pretende establecer algún punto de acuerdo y no existe un proyecto que articule e integre en una visión común las tareas, funciones y roles que cada uno de los actores ha de cumplir, ya la planeación, ya la puntualidad a la asistencia de las labores, todos y cada uno de los componentes que definen la lógica institucional, si no se encuentran direccionadas a metas específicas, se convierten en elementos de desequilibrio que en nada beneficia a los maestros.
Sin embargo aún en condiciones adversas, socialmente el maestro nunca deja de apreciarse como un ser creativo, con conciencia y sensibilidad para comprender su entorno y a su alumno; perseverante para aprender y enseñar; paciente para corregir la indisciplina, recio y a la vez bondadoso para orientar las conductas; culto y tolerante para comprender a quienes le rodean; humilde y sereno para entender las situaciones diversas que se presentan en su quehacer laboral.
Para los padres de familia y alumnos es una persona con responsabilidad profesional y moral para ser modelo de aprendizaje social a seguir, susceptible de ser imitado, constituye en muchas ocasiones el sentido para la vida de muchas personas.
En este regreso a clases se hace imprescindible y urgente dignificar la tarea docente, promover la autoestima del profesorado, profesionalizar la labor, mejorar las competencias académicas y sociales en la búsqueda de las habilidades para enfrentar el reto de la educación inclusiva y el uso de la tecnología, pero sobre todo mejorar la calidad de vida de cada maestro en todas las escuelas, entre otras metas iniciales que pueden conjuntar un gran proyecto educativo estatal.
¿Usted amable lector qué opina?.


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