La torre de control del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) en Texcoco, cancelado por el expresidente Andrés Manuel López Obrador, no será demolida y se integrará a un proyecto deportivo dentro del Parque Ecológico Lago de Texcoco (PELT), informó Vanessa Bohórquez López, coordinadora del sitio.
La estructura permanecerá en su sitio, rodeada de una zona de concentración de agua que respeta las condiciones del suelo y los cimientos profundos. Cualquier intervención que se realice debe priorizar la viabilidad ambiental y la reutilización eficiente de los elementos construidos, explicó.
Desde la cancelación del NAIM, las autoridades reutilizaron los materiales existentes para otras obras que lleva a cabo el Gobierno federal, incluido el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA).

“Es muy importante que sepan que desde 2018, una de las decisiones que se tomó es que aquellos materiales que estaban aquí se han utilizado justamente para no hacer una inversión en otras zonas, entonces tanto la parte de la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes, a través de la parte militar, vienen a recoger todo el tiempo materiales, de tal manera que no hay un desperdicio, se ha evitado el desperdicio, se ha hecho una reincorporación a otro tipo de construcciones”.
En la zona conocida como “la X”, del aeródromo que inició su construcción durante el sexenio del expresidente Enrique Peña Nieto, se mantiene la capacidad de retención de agua.
“En en el caso muy específico de la parte de la X es una zona donde es importantísima también mantener la concentración de agua y se mantendrá de esa forma”.
En la temporada de lluvias del 2025 se concentraron, aproximadamente, 43 millones de metros cúbicos de agua en distintos puntos del Área Natural Protegida Lago de Texcoco (ANPLT).
En áreas específicas, como en la emblemática X del antiguo proyecto aeroportuario, se acumulan hasta 2 millones de metros cúbicos en algunos puntos, mientras que otras secciones alcanzan 4 millones.
La coordinadora detalló que el volumen se modifica cada año por factores climáticos y estacionales. «Se modifica anualmente, depende de los cambios climáticos y depende obviamente de cuál es la experiencia en las estaciones», indicó.
Jorge Daniel Fonseca Cando, director del ANPLT, estimó que de las 4 300 hectáreas que albergarían al NAIM, actualmente hay inundadas 2 200 hectáreas.
Bohórquez López anticipó que la temporada de lluvias, que inicia en mayo, podría concentrar menos volumen que el año previo debido a las variaciones climáticas, aunque reconoció que «las modificaciones climáticas sí pueden cambiar el rumbo».
Respecto a la torre de control fue clara: “La torre de control se va a mantener; alrededor va a haber concentración de agua”.
“Existe una concentración de agua profunda hacia abajo de los cimientos de la torre de control”, pero se busca “que tenga un uso eficiente dentro del proyecto que se está generando ya para la operación funcionar así rodeado de agua de control, pero no funcionará rodeado de agua”. Se evalúan proyectos deportivos-didácticos compatibles con el entorno.




El parque avanza en su consolidación como espacio público. A partir de noviembre de 2025, la presidenta Claudia Sheinbaum y la gobernadora Delfina Gómez anunciaron su apertura formal. Ofrece torres de avistamiento de aves, pistas para ciclismo y áreas amplias para entrenamiento y competencias deportivas sin cierres que afecten a los usuarios.
Bohórquez López destacó la vocación deportiva del sitio: “La amplitud permite muchos tipos de operaciones para los que hacen entrenamiento y para los que ya están compitiendo, sin que tengamos que estar cerrando ningún espacio para los deportistas, la garantía de que puedan venir en cualquier momento y que el espacio va a estar abierto y que puedan realizar sus actividades”.
El parque cuenta con canchas de básquetbol, soccer, voleibol y juego de pelota, además de un gimnasio para calistenia y tonificación. “Eso permite que quienes practican cualquiera de los deportes como básquetbol soccer, voleibol, juego de pelota y lo que pueden hacer aquí también es ya un entrenamiento en otra escala, también contamos con un gimnasio que permite que puedan tonificarse y estar haciendo una actualización para el calentamiento en calistenia para después llevar a la práctica al deporte”.
Se ejecuta la apertura gradual de espacios comerciales, educativos y de convivencia familiar, todo bajo estrictas condiciones ambientales.
Lo que el agua se llevó
La torre de control del NAIM se levanta en el centro del antiguo lecho lacustre del Lago de Texcoco, bajo un cielo azulado de primavera. Su forma circular, de techo curvo de lámina ondulada y óxido, emerge del agua parda que la rodea como un islote de concreto y acero.
La estructura, proyectada para alcanzar 90 metros de altura y dirigir el tráfico aéreo de hasta 120 millones de pasajeros al año, quedó detenida en el tiempo, su avance de construcción fue del 31 %, pues una decisión del expresidente, Andrés Manuel López Obrador, en diciembre del 2018 impidió que se concluyera.

El agua refleja su silueta con precisión, casi sin ondulaciones. Al frente, una franja de grava rojiza y salitrosa marca el límite donde el lago se retira temporalmente. A la izquierda, una pequeña estructura auxiliar —tal vez parte del sistema de drenaje o un edificio de apoyo— asoma también rodeada por el espejo líquido. Al fondo, el horizonte plano se pierde hacia montañas lejanas bajo nubes dispersas.
El proyecto entero, insignia del sexenio de Enrique Peña Nieto, arrancó en 2015 con la promesa de una terminal de 743 000 metros cuadrados en forma de X, tres pistas iniciales y capacidad para manejar el saturado espacio aéreo del Valle de México.
Se invirtieron alrededor de 100 000 millones de pesos en contratos antes de la suspensión; la torre misma recibió pilotes de cimentación y parte de su estructura metálica. Luego vino la cancelación tras una consulta pública. Las tuberías de desagüe se recondujeron, la barda perimetral se perforó y el vaso lacustre recuperó su función natural.
Las lluvias de temporadas anteriores llenaron el sitio. La torre desapareció casi por completo bajo el agua; solo la curva superior del techo asomaba a distancia, como un resto náufrago. En primavera, el nivel bajó.

La base quedó expuesta otra vez: columnas corroídas, paneles agrietados, alambres de púas oxidados que cuelgan flojos a lo largo del perímetro. El agua sigue allí, quieta, como si lamiera los cimientos. No avanza ni retrocede con dramatismo; simplemente ocupa el espacio que el lago siempre reclamó.
Desde la vista amplia, la torre parece un objeto fuera de escala: demasiado grande para el vacío que la rodea, demasiado pequeño para lo que se planeó. Sus ventanas vacías miran hacia ninguna pista. Los cables sueltos se balancean apenas con el viento. La grava del primer plano cruje bajo los pasos imaginarios; el agua refleja el cielo y la estructura con la misma indiferencia.
Lo que queda es un círculo de metal y concreto detenido en el tiempo, convertido en parte del paisaje lacustre que precedió a cualquier avión. El NAIM no despegó. La torre, en cambio, permanece. No controla vuelos. Sólo registra, con su presencia muda, el peso de una decisión que detuvo la maquinaria y dejó que el agua regresara.
El proyecto que quiso ser el más importante de un sexenio se reduce ahora a estos registros de lo que el agua y el tiempo decidieron conservar.


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