De manera evidente, cada jornada olímpica es única, rompe paradigmas y se adecúa al tiempo y a la época de desarrollo. Si en Londres 2012 fue el nacimiento de la revolución mediática a través del internet y las redes sociales, Río 2016 se caracterizó por albergar de lleno el tema de la diversidad sexual.
Desde antes de su inicio, ya se hablaba de grandes atletas que estarían dispuestos a disputar la presea dorada en alguna de las muchas competencias de alto rendimiento. Entre ellos escuchábamos los nombres del clavadista londinense, Tom Daley, el gimnasta estadounidense, Josh Dixon, inclusive un primer matrimonio lésbico, conformado por las jugadoras de hockey sobre césped, Kate y Helen Richardson-Walsh.
¿Por qué es importante mencionar a todas estas figuras? No es que la sexualidad de una persona nos importe en lo más mínimo o queramos incentivar el morbo de alguna plática de café, sin embargo, las Olimpíadas albergadas en la ciudad carioca han marcado un hito en la lucha contra la homofobia a nivel internacional.
Recordemos que según el más reciente informe de la Comisión Ciudadana contra los Crímenes de Odio por Homofobia (CCCOH), hecho por la organización civil Letra S Sida, Cultura y Vida Cotidiana, señala que México ocupa el segundo lugar a escala mundial en crímenes por homofobia, solo detrás del país sudamericano, donde se documenta, de manera superficial, que al año se cometen más de 70 crímenes contra personas de la diversidad sexual.
Por ello, ha sido fundamental la “normalización” de la diversidad sexual durante el evento deportivo más grande del mundo. Por esta razón, resulta histórico haber visto a la modelo trans, Lea T, encabezar orgullosa el paso de la delegación anfitriona durante la ceremonia de inauguración en el estadio de Maracaná.
Organizaciones dedicadas a la defensa de los derechos de la comunidad lésbico – gay contabilizaban, que en tan sólo hace ocho años, ha crecido el número de deportistas que se dicen abiertamente homosexuales o lesbianas. Cada uno de los últimos tres Juegos Olímpicos ha ido “rompiendo el record” de registro de diversidad sexual. En Beijing 2008 habían solo 12 atletas abiertamente gays, en Londres 2012 el número cambió a 22. En esta ocasión, se reportó una participación de 49 atletas LGBT.
Estos 49 ‘revolucionarios’ han logrado romper barreras significativas dentro de la cultura global, especialmente en el deporte, donde aún imperan la homofobia, la lesfobia y transfobia. Por eso es digno de aplaudir que hablen sin titubear acerca de su orientación sexual de manera pública. Porque ello abona en romper estigmas entre aficionados y compatriotas, abrir armarios y valorar su talento por quienes son, seres humanos como cualquiera, sin importar su orientación sexual.
Pero, aunque todo parezca miel sobre hojuelas, es claro que la homofobia no se va terminar aquí, aunque la decisión de vivir el amor a como dé lugar ha dado una nueva esperanza en todos los terrenos del deporte y del ojo público a nivel internacional. Río nos ha enseñado que los valores civiles pesan más que los morales.
Esperemos que con esta muestra de inclusión, el terreno carioca esté dispuesto a arar la idea de la libertad sexual, social y política. Río impregnó carnaval, festejo, bellos paisajes y grandiosos momentos a los 31° Juegos Olímpicos de la era moderna, pero también demostró el verdadero objetivo de estos eventos: la unión y la cooperación entre los países sin importar quién seas, cómo seas y de dónde seas.
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