De psicólogos, perfiles psicológicos y fugados de alta gama.
Desde hace muchos años y en la actualidad la psicología ha sido pretexto, argumento, medio y fin en el sistema de justicia. Lo mismo para elaborar psicodiagnósticos que profundizan esencialmente en la estructura de personalidad, que para intentar objetivar el daño psicológico o moral en algún caso forense sea criminal o no.
Desde hace muchos años también en las políticas públicas la técnica psicológica es usada a conveniencia, bajo esquemas arcaicos y esencialmente instrumentos de recolección de datos que si bien se fundan en un tipo de validez teórica, son cuestionables respecto a su validez científica y estadística, así como su , confiabilidad estadística.
Como lo señalé en una entrega previa incluso las instituciones gubernamentales llegan al extremo de plagiar y violar derechos de autor en la aplicación de pruebas psicométricas para los estudios de personalidad o de corte psicodiagnóstico en todos sus niveles: en los controles de control de confianza, en la evaluación inicial y las evaluaciones posteriores dentro del sistema penitenciario; en la evaluación preliminar al ingreso al servicio público, en fin.
El Sistema Nacional de Seguridad ha dispuesto que en todo el territorio nacional las evaluaciones se realicen con los mismos parámetros. No considero que sea diferente en los penales llamados de máxima seguridad –que como lo revela la realidad, no lo son-.
Se aplican esencialmente pruebas llamadas “proyectivas”, que como señala previamente si bien tienen un sustento teórico son cuestionables por su contenido de subjetividad tanto de quien se somete a estas pruebas como del evaluador.
Recientemente la revista Nexos destacó algunos extractos de lo que identifican como “uno de los perfiles psicológicos” que se elaboraron a partir de estudios realizados a Joaquín Guzmán Loera.
A decir de “ese estudio” y de la propia revista –de cuyo contenido parten estas reflexiones- apuntan a que el capo reporta “sentimiento de inferioridad que le produce su estatura” (alrededor de 1.65 metros). En la literatura especializada se ha abandonado en el discurso el concepto del sentimiento de inferioridad que ha sido reemplazado por el de autoestima.
La ligereza del comentario hace parecer a la psicología como un catálogo de etiquetas que por sí solas bastarían para describir a un individuo, sin profundizar en otros rasgos o características que no pueden separarse de esa “máscara” llamada personalidad.
Según el artículo, el Chapo Guzmán es poseedor de una tenacidad con que se empeña en demostrar “superioridad intelectual” y alcanzar “un estatus de omnipotencia”.
De acuerdo con ese diagnóstico, “en su realidad interna no existe la culpa”, posee habilidades “para manipular su entorno” y pretende mantenerse “en el centro de la atención”. Seductor, afable, espléndido, sabe generar “sentimientos de lealtad y dependencia hacia su persona”.
Es tolerante a la frustración, “pero no indulgente con sus detractores”. Sus respuestas son siempre calculadas y define claramente sus metas.
Nula referencia a su nivel de desarrollo intelectual, que también debería formar parte de ese “perfil psicológico”, pero tampoco se requiere ser pitoniso para ubicarlo en un nivel no común –sin pretender caer en el simplismo o la interpretación subjetiva-.
Un hombre que supo hacer de un negocio ilícito un modo de vida que le permite comparar conciencias, voluntades y todo lo que el dinero pueda comprar, debe tener un nivel de inteligencia superior al promedio. Generar un negocio altamente redituable no merecería menos.
Pero el punto sería entonces: ¿si fueron aplicadas una o varias evaluaciones de personalidad a Joaquín Guzmán? ¿Dónde está la capacidad predictiva y proyectiva –hablando del punto estrictamente técnico- que lo ubicara en su justa de dimensión de peligrosidad y de riesgo?
No me refiero por supuesto a que hubiera sido predecible su fuga, pero si que sus rasgos de personalidad lo pusieran en condiciones de ser sometido a una vigilancia especial que sin violar los derechos fundamentales, lo ubicaran como el sujeto peligroso que es.
El sistema penitenciario vive la misma farsa de la pretendida evaluación psicológica que aplica el Estado: hacer creer que se evalúa, con instrumentos arcaicos, carentes de validez, sin sentido y sin un objetivo claro de evaluar a un criminal. ¿Para qué hacer una evaluación de este tipo?
Bueno científicamente si los estudios fueron rigurosos , pertinentes y útiles al menos deberían haber ayuda a comprender un poco de la conducta del capo y a saber que las medidas de seguridad implementadas para él no podrían ser las mismas que para otro reo con similar palmarés.
La evaluación psicológica en el ámbito de la justicia resulta ser más una simulación que una fase de una política criminal seria, si es que hay una política criminal. Basa los estudios psicológicos en instrumentos caducos y carentes de cientificidad y, más aún, archivar esos resultados sin ninguna utilidad práctica, equivale a hacer inútiles tales evaluaciones.
Dudo mucho de las condiciones y los instrumentos que se administraron a Joaquín Guzmán –si es que en verdad se lo administraron-; dudo mucho de las condiciones en que pudo haber respondido a tales instrumentos; por supuesto pongo sobre ello la amplia capacidad de un sujeto como él para manipular cualquier prueba que pudieron ponerle enfrente.
Sentimientos de inferioridad no lo creo. Narcicismo, es la palabra favorita en estos casos; la ausencia de culpa en su realidad interna, parece un Perogrullo; ¿manipulación de su entorno? ¡dos fugas lo preceden!; ser el centro de atención, seductor, afable y capaz de generar sentimientos de lealtad y dependencia, bueno, todo está dicho.
El poder envilece o embellece y parece que Joaquín Guzmán Loera saber perfectamente bien qué es y para qué sirve el poder; el poder bélico y económico.
Como dijo el clásico: ¿quién aguanta un cañonazo de 50 mil o una aK-47?
CODA. ¿Qué objeto tiene que el secretario de Gobernación, la Procuradora General de la república y el Secretario del Sistema Nacional de Seguridad Púbica, inspeccionen, una, dos tres veces la zona del penal El Altiplano o su área de monitoreo? Acciones insulsas y mediáticas como esas nada resuelven. ¿Alguna vez se presentó Monte Alejandro Rubido a hacer alguna inspección previa en alguno de los penales de Alta seguridad durante el sexenio pasado o esta administración? ¡Ese es parte de su trabajo!


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