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Sálvese quien lea

El velo alzado

 

El nombre de George Eliot nos habla eminentemente del romanticismo. Un romanticismo que nos cobija bajo nombres como el de las hermanas Bronte o Jane Austen: no hablamos de una cursi tragicomedia tipo Televisa, pero sí de muchas reminiscencias de amores contrariados, de personajes que idealizan la imagen del amor y de la pasión. La historia de Latimer, un joven enamorado de la novia de su hermano mayor, podría parecer determinada a caer en la melcocha y el sufrimiento a lo Corín Tellado, pero afortunadamente no: “El velo alzado” abreva más en el romanticismo goetheano: es una visión oscura de las capacidades ignotas del cerebro humano, de las visiones y pesadillas que laceran nuestra psique, sin que seamos conscientes de la realidad que las inunda.

Mary Ann Evans, nombre de la escritora británica que firmó sus obras bajo el pseudónimo de George Eliot (esto debido a que estaba temerosa de que su trabajo no fuera tomado en serio por ser fémina), nació en Astley, Inglaterra, en 1819. Aunque también escribió poesía, es recordada por sus novelas, en particular “Middlemarch” y “El molino de Floss”. “El velo alzado” es un breve relato que, aunque no supone ser el mejor o el más logrado, sí denota las características del estilo de Eliot: retratar la vida provinciana británica con un dejo de pesimismo; demostrar, con gran realismo y autenticidad, los conflictos morales que aquejan a la sociedad victoriana.

Un relato cuyos ornamentos líricos y estilísticos dan cabal muestra de que esta autora merece un mayor reconocimiento en el olimpo de las letras decimonónicas.

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