Los viajes de Gulliver
Por: Carlos Valenzuela Ocaña
Quizá la más grande sátira jamás escrita –al menos en cuanto al espectro literario se refiere–, “Los viajes de Gulliver”, la emblemática obra de Jonathan Swift, rebosa de una influencia y una vigencia inigualables, a casi tres centurias de haber visto la luz.
El libro se divide en cuatro apartados, cuatro viajes que realiza el galeno Lemuel Gulliver, que son, según Jorge Edwards, “hasta cierto punto, pretextos filosóficos, pero van mucho más allá. Son, además de pretextos o fábulas instructivas, verdaderos territorios de la imaginación, espacios inquietantes, dotados de leyes precisas que pertenecen de lleno a la literatura fantástica”. Con reminiscencias de la colosal Comedia de Dante y su viaje acompañado por el más grande poeta latino; antecesora directa de autores críticos y satíricos –que retrataron la estupidez y la absurdez humana– como Huxley, Bernard Shaw, Orwell y Kafka, “Los viajes de Gulliver” evidencia una crítica feroz de la sociedad y la condición humana, disfrazada de “viajes por países pintorescos”.
Tras su lectura, esta obra nos permite mirar con nuevos ojos nuestra realidad, desentrañar cuán inadmisibles, disparatados e injustificables resultan los fanatismos (sean de ideología política, religiosa, social…); al visualizar a los pequeños liliputienses, a los gigantes de Brobdingnag o a los infames y bestiales yahoos, este gran autor “relativiza” la naturaleza humana, y permite que nos reconozcamos como los inacabados –ética y ontológicamente– entes que somos.
Una pieza fundamental de la historia de la literatura, erróneamente concebida sólo para los lectores jóvenes (en particular, para las oligarquías y las partidocracias debería ser lectura obligada).


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