Henry David Thoreau es, junto a Ralph Waldo Emerson, una de las figuras centrales de la literatura norteamericana de la primera mitad del siglo XIX. Aunque su obra más conocida, “La desobediencia civil”, es un importantísimo ensayo sobre las libertades de la sociedad –donde deja en claro su acendrado individualismo militante–, también es calificado como un “precursor del pensamiento ecologista”, pues siempre manifestó su amor por la naturaleza: la empatía que sentía por la flora y la fauna, su defensa y apología de los medios de subsistencia alejados de la vida moderna, tecnológica y automática y su crítica contra las desproporciones de la industria.
En “Las manzanas silvestres”, publicado póstumamente en 1862, Thoreau describe y expone “su preferencia por las manzanas que crecen salvajes en cualquier lugar de la naturaleza”, y lo hace evocando la influencia que dicho fruto ha tenido en la humanidad, desde la Antigüedad hasta los tiempos modernos: cita a Homero y a Herodoto, al Antiguo Testamento y la Edda escandinava, o a biólogos y botánicos contemporáneos.
“El arte de Thoreau, con su poder de evocación, nos sitúa en medio de una naturaleza a veces dura y extraña, pero sobre todo rebosante de belleza y generosidad”, nos dicen los editores del libro. Y es verdad: resulta extremadamente difícil no dejarse envolver por “el respeto” y “la gratitud” que este autor proclama por la biosfera. Un breve texto que nos contagiará de esta pasión, y nos hará revalorar cada vez que veamos al mal denominado “fruto prohibido”.


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