Sálvese quien lea

¿Qué leen los que no leen? El poeta y ensayista Juan Domingo Argüelles ha dedicado gran parte de su obra al mundo de la cultura literaria y de promoción de la lectura: más de una docena de libros consagrados a reflexionar, precisamente, el mundo de los libros. En “¿Qué leen los que no leen?”, Argüelles deja muy en claro un asunto capital, si lo que se busca es promover la lectura: debemos dejar de imponerla. Los mecanismos escolares y gubernamentales, lejos de sembrar en la sociedad un vivo interés por los libros, los ahuyenta, obligándolos a leer lo que ellos
julio 6, 2016

¿Qué leen los que no leen?

El poeta y ensayista Juan Domingo Argüelles ha dedicado gran parte de su obra al mundo de la cultura literaria y de promoción de la lectura: más de una docena de libros consagrados a reflexionar, precisamente, el mundo de los libros.

En “¿Qué leen los que no leen?”, Argüelles deja muy en claro un asunto capital, si lo que se busca es promover la lectura: debemos dejar de imponerla. Los mecanismos escolares y gubernamentales, lejos de sembrar en la sociedad un vivo interés por los libros, los ahuyenta, obligándolos a leer lo que ellos deciden, cuando ellos deciden. Y, como bien argumenta el autor, la lectura, como el cigarro o el alcohol, debe ser “un vicio”, “una necesidad”, “una felicidad”.

Otro elemento a resaltar es la defensa de los no-lectores, con posturas discriminatorias –incluso hostiles– en detrimento de su estatus como ciudadanos: la realidad es que leer libros no nos hará mejores humanos (y los hay, de hecho, que son peores entes debido a su acaudalada formación con cientos de lecturas).

Quizá lo único que se le puede impugnar a Argüelles es la repetición: son cinco capítulos, pero todos se sienten iguales; incluso repite citas hasta en cuatro o cinco ocasiones, lo cual resulta tedioso. Pero, allende esta observación, comparto la opinión de Francisco Nieto, quien dice que esta obra “es un ensayo honesto y valiente que cuestiona, abiertamente, la actitud moralizante, obsesiva, de imponer la lectura como un deber (…) es un diáfano y ameno alegato en defensa de la lectura placentera (…) Una loa cómplice al lector desenfadado, subversivo y hedonista (…) que no se olvida de vivir”.

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