Gilgamesh o la angustia por la muerte
Según los datos rescatados de algunas fuentes históricas, Gilgamesh fue un rey de Uruk, ciudad ubicada al sureste de Babilonia. Y, con el paso de los años –y los siglos– su imagen fue deviniendo en la de un semidiós, un hombre capaz de vencer a criaturas creadas por los dioses, o de “descender a los infiernos” (para la cultura mesopotámica, el infierno es distinto al que conocemos por las creencias religiosas occidentales, pero sería muy largo de exponer). Así, su historia dio origen al que quizá sea el poema épico más antiguo de la humanidad (los documentos cuneiformes que conocemos datan de hace más de tres mil años, pero seguramente su origen oral se remonta mucho tiempo atrás). “Gilgamesh” es la obra de mayor relevancia de la antigüedad babilónica: fragmentos de éste se encontraron en las ruinas de múltiples ciudades mesopotámicas –incluidos sitios arqueológicos de Siria, Palestina y Turquía–, con lo cual se realza su trascendencia.
El documento que revisé para la presente reseña celebra la traducción –directa del acadio– de Jorge Silva Castillo, un investigador de El Colegio de México que se propuso no sólo transmitir con mayor cercanía la “fuerza dramática” y el “contenido ideológico” a nuestra contemporaneidad, sino lograr preservar el valor literario en nuestra lengua romance. Para ello, se valió de consultar no sólo las múltiples traducciones que ya existían a nuestro idioma, sino varias más, como las volcadas al francés, alemán e inglés (muchas de ellas incorporan nuevas piezas del poema, que se descubrieron en nuevas tablillas y que las anteriores versiones no incluían). Un esfuerzo monumental por traer a la luz un poema que sigue conservando tintes universales, y que manifiesta “una vigencia permanente”.


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