Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino
Tras leer “Canción de cuna”, y sumándole un título tan apantallador como “Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino”, supuse que Julián Herbert había conseguido una obra memorable. Craso error.
Es cierto que su obra se inserta “en el quicio entre lo popular y lo culto, lo sublime y la parodia, el testimonio y la ficción, la tragedia y la comedia”, pues historias como que un hombre descubre que en su dentadura aparece la partitura de una obra sublime, o que el fantasma de Juan Rulfo deambule y persiga a Cristina Rivera, o que el apocalipsis zombi revele una relación lacaniana entre un psicoanalista caníbal y su paciente, o –el que es, a mi parecer, el texto más rescatable– que un crítico de cine sea secuestrado por un capo de la droga que resulta ser idéntico al cineasta hollywoodense, desde luego anuncian un universo caótico, vertiginoso, excéntrico, irreverente y sin esnobismo. Desafortunadamente, el asunto se queda en eso, “en la capa más superficial de la cebolla”, y no trasciende.
Dice Carlos Velázquez que “este libro tiene todas las luces de no haber sido planeado. Parece que el autor juntó textos sueltos para entregárselos al editor para que dejara de molestarlo”. Yo agregaría que quiso matar dos pájaros de un tiro, pues más de la mitad de los textos están dedicados a algún escritor contemporáneo; así, Herbert se liberaba del compromiso de quedar bien con sus colegas además de cumplir con la editorial.
Siendo sinceros, no está ni cerca de ser la gran obra, pero hay que reconocerle que sí consigue devolverle a la literatura una función humorística: muchas partes podrían ser citadas en plena borrachera.


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