En México, ser activista no es fácil. Se navega contra corriente, se sacrifica tiempo, familia, amigos, a veces, hasta la propia vida. Se lucha contra un Estado que no oye, que no siente, al que no le importan sus ciudadanos, menos si son indígenas, mujeres o parte de la población Lésbico, Gay, Bisexual, Travestí, Transexual, Transgénero e Intersexual (LGBTTTI). Ser activista en México significa asumir el costo de una profesión de alto riesgo.
El activismo es el despertar de la sociedad civil a la que se refería Carlos Monsiváis, es decir, una actividad política organizada en la que los ciudadanos dejan der espectadores para convertirse en actores. Hoy, la población LGBTTTI demanda un activismo combativo, analítico, reflexivo, coherente entre el discurso y el actuar, responsable y comprometido en la defensa de los derechos humanos.
Frente a los azotes que atestan grupos conservadores y religiosos contra la diversidad sexual en el país, defender el derecho a tener una orientación sexual, identidad de género o capacidad de amar a alguien del mismo sexo, se convierte en una tarea ineludible. Se requieren activistas sensibles, que sean conscientes de que su labor diaria puede cambiar la vida de otras personas.
Se necesitan activistas que tengan como tareas primordiales, la prevención de actitudes homofóbicas, la promoción de la salud sexual, la educación y reeducación sobre las diferentes formas de amar, la elaboración de políticas públicas que promuevan la vida digna de aquellos que no son heterosexuales.
Activistas que no tengan miedo a alzar la voz, que salgan a las calles y protesten por los crímenes de odio, que sean soporte de aquellos que sufren dentro del clóset, que ayuden a las personas seropositivas y difundan el uso del condón. Se necesitan activistas que den la cara por aquellos que son reprimidos.
Porque estamos hartos de aquellos que crean asociaciones civiles a modo sólo para conseguir recursos y “luchar en un sillón”. Estamos cansados de aquellos con ínfulas de grandeza sólo porque aparecen bajo la luz de un reflector de televisión. Estamos desilusionados de aquellos que critican al Estado por sus prácticas de exclusión, pero en la vida real poco hacen por ser inclusivos con los demás.
La población LGBTTTI merece activistas que busquen el bien común y no intereses particulares. No hay cabida para los monopolios de la causa que con recelo descalifican a sus pares y no permiten la pluralidad de ideas. Preferir la fotografía con un funcionario público, por encima de la protesta, no es reprochable, pero sí cuestionable. Apoyar candidatos y cabildear en “lo oscurito” a favor de un partido político, es permisible, pero no congruente. Lo que sí es recriminable es no trabajar ningún día a favor de los derechos humanos, pero sí buscar protagonismo en cuanto evento sea posible.
Estos momentos no son para faranduleros. No los necesitamos. Se buscan activistas que se ensucien las manos y los pies, y no que permanezcan enclaustrados bajo teorías y estudios de oropel. Activistas solidarios con las demás causas sociales y no preocupados por morder la mano que les da de comer, porque la historia nos ha enseñado que los cambios pocas veces provienen de los que forman parte de la nómina del Estado.
Parafraseando a Kapuscinski: “Los cínicos no sirven para el activismo”. Tampoco los ególatras. Usar a la comunidad LGBTTTI como plataforma para encumbrarse en la obtención de poder o privilegios, mancilla la memoria de aquellos que fueron asesinados por su lucha férrea, por su valentía. Se buscan activistas que peleen, no aduladores de los que Harvey Milk estaría desilusionado.
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