Históricamente, la Secretaría de Contraloría del Gobierno del Estado de México ha servido para nada. O sí, para blanquear imágenes. Aquello que reza en su artículo 46 de la Ley Orgánica de la Administración Pública de que “La Secretaría de la Contraloría es la encargada de prevenir, detectar y, en el ámbito de su competencia, sancionar las faltas administrativas y hechos de corrupción, así como la vigilancia, fiscalización y control de los ingresos, gastos, recursos y obligaciones de la administración pública estatal y su sector auxiliar, bajo los principios de legalidad, objetividad, profesionalismo, honradez, lealtad, imparcialidad, eficiencia, eficacia, equidad, transparencia, economía, integridad, competencia por mérito y rendición de cuentas, en los términos de las disposiciones legales aplicables”, poco menos que letra muerta. La noticia dada a conocer recientemente, que se ha denunciado penalmente a exfuncionarios de los dos gobiernos anteriores —Eruviel y Del Mazo— es como una luz al final del túnel…, pero podría ser un petardo. Reservar la identidad de los imputados no es buena señal, debieron de guardar discreción hasta que hubiera detenidos, si no, todo pierde sentido.
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No puede dudarse de la capacidad técnico-jurídica del magistrado presidente del Tribunal Superior de Justicia, Ricardo Sodi. Sus debilidades son otras. Quienes están cerca de él, saben que está integrado a la corriente conservadora y, por tanto, su oposición a la reforma judicial en marcha es feroz. Su forma de pensar lo obliga a creer que el actual sistema de justicia es el mejor y, quizá, considera que la sociedad está satisfecha y tranquila. Por supuesto, está equivocado —tal vez, por un sesgo cognitivo— pero el alejamiento social de la justicia en el Estado de México es dramático, quizá de los peores en el país y en casi 5 años de gestión no hizo nada para cambiarlo.
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Horacio Duarte pronto se ha consolidado como número 2 del gobierno estatal, como el «hombre fuerte» de la administración delfinista. Lo ha hecho con resultados y mucha política. Su reciente discurso en Atlacomulco lo define. Escucharle ensalzar al fundador del grupo político más fuerte en la historia del país da las coordenadas. Horacio tiene sentados en la mesa de la colaboración al panismo, a buena parte del priismo y al perredismo. A los opositores, pues. Rápido, muy rápido, quizá, debería tener presente que esta es una carrera de resistencia, no de rapidez.
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«De buenas intenciones están llenos los panteones«, sentencia el adagio. La bonhomía del alcalde sustituto de Toluca, Juan Maccise, es ostensible. Pero ser bonachón no es propiamente un atributo de estadista o buen gobernante. Recibió un galimatías administrativo, cierto, con el presupuesto comprometido y con mucha presión encima, pero también es real que le han faltado creatividad y firmeza. Como se dice en el futbol, «morirá de nada«. Nadará de muertito hasta diciembre, entregará el poder a sus opositores y se irá a buscar trabajo con pocas opciones para ser contratado.
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El abandono hacia la gente más pobre podría medirse con las inundaciones en temporada de lluvias. La imagen es como un bucle que se repite una y otra vez desde hace más de 30 años. Allí está la icónica foto de Ignacio Pichardo Pagaza caminando con el agua hasta las rodillas en Chalco con la que inauguró su gobierno. Resilientes, resignados, “los nadie” —diría Galeano— se han acostumbrado a las humedades cíclicas. No tienen otra opción y nadie hace nada. Ojalá Delfina, mucho más sensible y próxima al pueblo, pueda hacer el cambio más allá de la foto de temporada.


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