Hace ya tiempo que la mayor parte de la población no tiene que producir lo que come. En la historia de la humanidad los grupos sociales se procuraban la ingesta a partir de su propio trabajo. Primero fue la recolección, luego el cultivo y la crianza de animales, pero había que hacer algo para tener algo que llevarse a la boca. Luego vendrían la revolución industrial, la urbanización, la migración y, así, llegamos a un punto en el que la mayoría de la población no tiene una actividad ordinaria vinculada a la producción de los alimentos que consume y, sin embargo, come.
Esta serie de dinámicas han generado una condición paradójica: hoy existe una mayor seguridad alimentaria, pero una muy menguada autonomía. En efecto: hoy hay más alimentos en todo el mundo, pero no todos los países pueden presumir que comen lo que producen. Hablamos del mercado mundial de alimentos que, en los últimos 30 o 40 años, ha crecido de tal manera que hoy una cuarta parte de los alimentos que se producen en el mundo se introducen a ese gigantesco mercado. Son 10 países los que suministran la mayor parte de ello, destacando Rusia, Francia, Canadá, Australia e India. El tamaño de ese gran mercado es de 2 billones de dólares al año. Sí, dos millones de millones de dólares es lo que se compra y vende cada año para alimentar a la población planetaria.
Pero esto no ha sido siempre así, fue a mediados de la década de los noventa cuando se da un crecimiento explosivo del comercio mundial de alimentos. Recordemos que en 1995 se funda la Organización Mundial del Comercio (OMC), que vino a disminuir las barreras arancelarias y permitir que se comprara y vendiera libremente trigo, maíz, soya, carne, etc. Un poco después, en el año 2001, China se incorporó a la OMC y catapultó el comercio de alimentos, pues desde entonces se ha convertido en el principal importador de soya del planeta. Casi 70% de toda la soya que se vende internacionalmente la adquiere ese país asiático. Y proviene de sembradíos radicados lo mismo en Brasil que Canadá o Estados Unidos.
Somos, pues, en la actualidad, un sociedad global en términos alimentarios. En países como México, diario la mayoría de la población se lleva a la boca algo que se produjo en otro país.
Estados Unidos es un actor muy dominante en esta materia; contribuye con casi 25% de todo el mercado mundial de alimentos. Principalmente estados como Texas, California, Oregon y Washington son los que concentran la producción que llega a ese mercado. De hecho, hay estudios que documentan que hoy en día la cadena de suministro de alimentos está tan ajustada que cualquier interrupción, ya sea una sequía en un granero importante, un barco atascado en el canal de Suez o una guerra, puede hacer que los precios se disparen en todo el mundo.
Si se ha obtenido ventaja en combatir la inseguridad alimentaria gracias al comercio mundial de alimentos, hay riesgos que se están corriendo con ello y tienen que ver con daños al ambiente, con transformación de hábitos alimenticios, con globalización de enfermedades vinculadas a la ingesta desbalanceada o a los ultraprocesados.
Hay varias señales que nos indican que, en la medida que se trabajó para abatir la inseguridad alimentaria, se vulneraron las condiciones de autonomía. Hoy estamos a expensas de que factores climáticos, sociales, bélicos, alteren el mercado mundial de alimentos y nos veamos afectados todos a distintos niveles. Es un tema del que poco se habla, pero del que es necesario advertir los riesgos.
Sí, hay grandes corporativos interesados en que este mercado siga en ascenso, pero sus intereses particulares pocas veces se ven afectados; quienes terminan sufriendo son los consumidores finales, quienes nos habituamos a consumir tortillas hechas con maíz estadounidense, café proveniente de Sudamérica, carne que procede de Nueva Zelanda, soya cultivada en Brasil o uvas chilenas, y cuando algo impide que lleguen a la tienda donde los adquirimos, suben los precios, hay escasez o especulación.
Poner atención a ello es relevante, por lo menos para estar conscientes de que depender de ese mercado nos deja en condiciones de vulnerabilidad. Reflexionemos sobre lo que nos llevamos a la boca.


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