Claudia Sheinbaum no solo celebró en el Zócalo los siete años del triunfo de López Obrador. Convirtió la fecha en un acto de reafirmación política: la continuidad de un proyecto que, en su lectura, abrió una nueva etapa histórica para México y que ahora ella busca consolidar desde la presidencia.
El discurso fue directo, cálido y combativo. Sheinbaum retomó el corazón narrativo de la Cuarta Transformación: 36 años de neoliberalismo dejaron un país roto; 2018 abrió una posibilidad inédita de redistribución, soberanía y derechos. Esa línea separa con nitidez a la 4T de sus adversarios y marca su identidad como presidenta: continuidad sin titubeos.

El piso firme de la 4T
Sheinbaum defendió el modelo económico con cifras que apuntan a desmontar el viejo dogma: subir salarios no desata crisis. Recordó que el salario mínimo pasará a 315 pesos en 2026 y que la inversión, el empleo y el peso se mantienen fuertes. Fue, en el fondo, un mensaje claro a quienes insisten en que la justicia social es incompatible con estabilidad.
El bienestar ocupó otra parte central. La presidenta subrayó que prácticamente todo el país recibe algún apoyo directo y sin intermediarios. Pensión para adultos mayores, personas con discapacidad, becas desde preescolar hasta universidad, Jóvenes Construyendo el Futuro, Mujeres Bienestar: un andamiaje de derechos sociales que ha reducido desigualdad y pobreza como no ocurrió en décadas.

Democracia, soberanía y memoria
La presidenta entró de lleno en el debate sobre democracia. Con la oposición intentando instalar la idea de un retroceso autoritario, Sheinbaum devolvió el espejo: recordó fraudes, desafueros, compra de votos y censura en los gobiernos del PRI y del PAN. Reivindicó plebiscito, revocación de mandato y la elección del Poder Judicial como pasos hacia una democracia más participativa.
También habló de soberanía con una claridad poco habitual en la política mexicana reciente: México no aceptará intervenciones ni presiones extranjeras, sea cual sea su origen. Esa afirmación busca marcar distancia con la historia de subordinación que muchos gobiernos asumieron como destino inevitable.

La ética del movimiento
Hubo un punto que Sheinbaum no esquivó: la austeridad republicana. Sin mencionar casos concretos, recordó que ningún servidor público del movimiento debe vivir con privilegios cuando el país enfrenta desigualdades profundas. Fue un aviso interno, un recordatorio de que la 4T no solo es política económica, sino ética pública.

Identidad y horizonte
El cierre del discurso fue una declaración de principios: la transformación se sostiene en un humanismo que rechaza el clasismo, el racismo, el machismo y toda discriminación; que reivindica la memoria histórica y el legado de los pueblos originarios; que coloca la justicia social como brújula del Estado.
En un Zócalo desbordado, Sheinbaum habló más como dirigente de un movimiento que como administradora del poder. Y ese es quizá el sentido profundo del mensaje: la 4T no se concibe como un sexenio, sino como un proyecto histórico que ella se propone afianzar.

Queda afuera del Zócalo la tarea más compleja: trasladar este relato a la vida cotidiana, donde las desigualdades y los retos persisten. Pero el discurso deja clara una intención: no gestionar la inercia, sino sostener la transformación con convicción política y sentido de justicia social.

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