Sálvese quien lea

Paisaje caprichoso de la literatura rusa Desde muy niña, Selma Ancira asumió el alma rusa como propia: radicó y estudió un tiempo en Moscú, y desde hace más de tres décadas dedica sus esfuerzos a mudar a nuestra lengua los “horizontes” que retratan los grandes escritores rusos; varios de estos ejemplares textos se encuentran reunidos en “Paisaje caprichoso de la literatura rusa”, una verdadera antología de antología. Este libro no tiene desperdicio: la primera parte, compuesta por los relatos de Pushkin, Gogol, Tolstoi, Dostoievski, Chejov, Bulgakov y Bunin (autores a quienes celebro y alabo cada que puedo), a los cuales
septiembre 3, 2015

Paisaje caprichoso de la literatura rusa

Desde muy niña, Selma Ancira asumió el alma rusa como propia: radicó y estudió un tiempo en Moscú, y desde hace más de tres décadas dedica sus esfuerzos a mudar a nuestra lengua los “horizontes” que retratan los grandes escritores rusos; varios de estos ejemplares textos se encuentran reunidos en “Paisaje caprichoso de la literatura rusa”, una verdadera antología de antología.

Este libro no tiene desperdicio: la primera parte, compuesta por los relatos de Pushkin, Gogol, Tolstoi, Dostoievski, Chejov, Bulgakov y Bunin (autores a quienes celebro y alabo cada que puedo), a los cuales se suman Goncharov, Nina Berberova y Marin Tsvietaieva (los cuales, reconozco con congoja y frustración, no había leído), recoge muestras capitales de una literatura desbordada, abrumadora, quizá la cumbre más alta de todo lo escrito en el siglo XIX, “poetas y narradores que comparten el desafío esencial de renovar la lengua y ampliar el horizonte de lo imaginario”, nos dice Juan Villoro. Además, se incorporan reflexiones de Pasternak, Blok, Gumiliov, Mandelstam y la propia Tsvietaieva en torno a la experiencia estética de la escritura, de la poesía y del temperamento del lector modelo.

En el prólogo, Villoro afirma que el siglo decimonónico ruso “representa, para siempre, la juventud de la literatura. Ante esos autores tenemos siempre veinte años, recuperamos los ritos de paso y los descubrimientos que marcan el destino”; leídos así, todos los relatos resultan iniciáticos, conforman un espectro insigne de autores, “un puñado de escritores (que) estuvieron dispuestos a pagar sus atrevimientos con el alma”, y esa “exaltada reserva de pasión y valentía será, para siempre, la juventud de la literatura”.

 

 

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