Sálvese quien lea

El viajero, la torre y la larva   La fascinación que ejerce la lectura sobre nosotros es enigmática, casi mística: ser capaces de (re)crearnos a nosotros mismos tan sólo con ir posando los ojos sobre letras impresas, viajar a otros parajes –e incluso otras dimensiones–; en suma, alimentar nuestra imaginación, nuestro intelecto, nuestro espíritu… y sobre esta fascinación gira el libro de Alberto Manguel “El viajero, la torre y la larva”.   El volumen se compone de tres apartados: “El lector como viajero”, “El lector en la torre de marfil” y “La larva de los libros”. El primero nos invita
noviembre 6, 2015

El viajero, la torre y la larva

 

La fascinación que ejerce la lectura sobre nosotros es enigmática, casi mística: ser capaces de (re)crearnos a nosotros mismos tan sólo con ir posando los ojos sobre letras impresas, viajar a otros parajes –e incluso otras dimensiones–; en suma, alimentar nuestra imaginación, nuestro intelecto, nuestro espíritu… y sobre esta fascinación gira el libro de Alberto Manguel “El viajero, la torre y la larva”.

 

El volumen se compone de tres apartados: “El lector como viajero”, “El lector en la torre de marfil” y “La larva de los libros”. El primero nos invita a imaginarnos el orbe como un titánico libro, y recorrerlo, viajarlo, como el acto de su lectura… es decir: al descubrirlo, lo estamos leyendo.

El segundo nos refiere al erudito cenobita, al anacoreta que se encierra en su torre para consagrarse al estudio y a la lectura (que, como bien refiere el autor, ha tenido sus detractores y sus defensores); y la última jornada hace una comparación con una alimaña que consume “literalmente” los libros –es decir, se alimenta de ellos–, pero sin obtener ningún beneficio. Todos aquellos que devoran obra tras obra, pero nada permanece en su interior.

Aunque breve, la erudición de Manguel –el libro es pletórico en cuanto a referencias literarias, pictóricas y filosóficas– nos entrega una visión lúcida y precisa sobre el arte de la lectura; como bien dice Javier Rodríguez Marcos, “toda su obra defiende tanto la gran literatura como la soberana libertad del lector. Permite una lectura cada vez más profunda, cada vez más intensa y cada vez distinta”. No podría estar más de acuerdo.

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