Sálvese quien lea

Confabulario Juan José Arreola pertenece, sin duda, al canon de la literatura mexicana del siglo XX –aunque bien cabría decir de la literatura mexicana a secas–; para muchos es, junto a Juan Rulfo, “una de las voces mayores” de nuestra narrativa. Sus relatos breves contienen “un equilibrio estilístico excepcional, humor sutil y economía de palabras”, como lo mejor de Giovanni Papini y Marcel Schwob. Arreola fue un autodidacto (ni siquiera terminó la primaria), y ello le valió ampliar su horizonte de expectativas de inagotable índole: aquellos que siguen un curso, un programa, tienen una visión sesgada, confinada. En cambió él,
noviembre 26, 2015

Confabulario

Juan José Arreola pertenece, sin duda, al canon de la literatura mexicana del siglo XX –aunque bien cabría decir de la literatura mexicana a secas–; para muchos es, junto a Juan Rulfo, “una de las voces mayores” de nuestra narrativa. Sus relatos breves contienen “un equilibrio estilístico excepcional, humor sutil y economía de palabras”, como lo mejor de Giovanni Papini y Marcel Schwob.

Arreola fue un autodidacto (ni siquiera terminó la primaria), y ello le valió ampliar su horizonte de expectativas de inagotable índole: aquellos que siguen un curso, un programa, tienen una visión sesgada, confinada. En cambió él, como dice Antonio Alatorre, “se mueve en un territorio sin fronteras; él elige sus lecturas; lo que de ellas saca es conquista cien por ciento suya”. Y vaya que supo sacarle provecho, pues su influencia permanece hasta nuestros días, en dos vertientes: en el magisterio –pues fue mentor de grandes plumas como José Emilio Pacheco, Leñero, José Agustín, Alejandro Aura, entre tantos más– y en sus textos, “su ‘varia invención’, su prosa trabajada y pulida con manos de artesano (…), su gozosa exhibición de ‘la cosa bien hecha’”.

En “Confabulario” somos testigos de ese impresionante despliegue de estilos, de su desbordada imaginación, de la increíble capacidad de sintetizar, en sólo un par de páginas, tal cantidad de fábulas, fantasías, alegorías; vemos en su máximo esplendor al “orfebre de las palabras y a un mago con los poderes de la imaginación”. Un autor imperdible.

 

 

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