Ensayo de mi dulce gozo
Las reflexiones de Enrique Villada –breves pero sustanciosas– que aparecen en su libro “Ensayo de mi dulce gozo” invariablemente vendrán a cuento, pues son atemporales: el placer al que nos impele la lectura, o la apatía y la inapetencia de los alumnos –sobre todo los más jóvenes– por aprender y aprehender el conocimiento, los menesteres que sufre el magisterio para intentar persuadirlos, o la rendición a la que la pluma somete al autor, para convertir las palabras en versos, en estrofas, en poesía… todo ello nos remite, a quienes vivimos por y para las bellas letras, a las propias vivencias, a la añoranza de aquel libro primigenio que nos hizo enamorarnos de la literatura o a las cotidianas complicaciones que tenemos los supérstites en un mundo mercantilista, utilitarista, belicista (nos recuerda Villada las palabras de William Carlos William: “…los hombres todos los días mueren miserablemente por no tener aquello que tienen los poemas”).
Villada, quien fuera becario del Centro Toluqueño de Escritores y que ha obtenido diversos galardones (sobre todo por sus poemarios), nos habla con fruición, con el corazón en la mano, para contarnos las penurias que sufre al tratar de convocar a sus educandos e insuflarles la ardorosa pasión por la literatura, o de cómo debe robarle horas a la preparación de sus clases para escribir poemas, pues –bien lo sabemos– de escribir no viven los escritores.
Aunque apenas rebasa la media centena de páginas, “Ensayo de mi dulce gozo” nos invita, precisamente, a ensayarnos como lectores, como autores y como gozosos del placer sublime que encontramos en la página impresa.


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