Sálvese quien lea

El viejo y el mar La aparentemente llana anécdota de “El viejo y el mar” es, en realidad, una imponente alegoría de tintes universales: no es sólo la historia de un pescador y su lucha contra un pez, sino un símbolo de la condición humana, de esa querella no sólo por la supervivencia, sino por el honor y la calidad moral a la que todos los hombres aspiramos. “La claridad y la limpieza de ‘El viejo y el mar’ son engañosas, como las de ciertas parábolas bíblicas o leyendas artúricas que, debajo de su sencillez, esconden complejas alegorías religiosas y
enero 29, 2016

El viejo y el mar

La aparentemente llana anécdota de “El viejo y el mar” es, en realidad, una imponente alegoría de tintes universales: no es sólo la historia de un pescador y su lucha contra un pez, sino un símbolo de la condición humana, de esa querella no sólo por la supervivencia, sino por el honor y la calidad moral a la que todos los hombres aspiramos.

“La claridad y la limpieza de ‘El viejo y el mar’ son engañosas, como las de ciertas parábolas bíblicas o leyendas artúricas que, debajo de su sencillez, esconden complejas alegorías religiosas y éticas, interpretaciones históricas, sutilezas psicológicas o postulados trascendentes. Sin dejar de ser una hermosa y conmovedora ficción, este relato es también una representación de la condición humana, según la visión que de ella postulaba Hemingway”, dice el también Premio Nobel Mario Vargas Llosa –el escritor estadounidense conquistó el máximo galardón de las letras en 1954, un año después de que esta narración obtuviera el Pulitzer, y que seguramente orilló a los miembros de la Academia sueca a premiarlo–, y no le falta razón: tras ser derrotado por los tiburones y regresar al puerto, la anécdota de Santiago no hace sino engrandecernos, llenarnos de piedad y “humanidad”, y alcanzar, gracias al tesón y la fortaleza moral, un nivel rayano en el de la heroicidad mitológica.

Cuando apareció el relato, el historiador de arte Bernard Berenson dijo que el “estilo marino” de Hemingway superaba a la “inflada grandilocuencia” de Melville. Quien esto escribe no se atrevería a tanto, pero sin duda colocaría a estos autores a la par: dos imponentes columnas de la historia literaria universal.

 

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