Suspenso en Egipto

Hasta hace apenas unos días, el camino hacia las próximas elecciones presidenciales egipcias parecía tan despejado como en esas avenidas rectas que hacen las delicias de los amantes de la velocidad en cualquiera de sus formas.

La promoción a mariscal de campo del general Abdel Fattah El Sisi, la autorización del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas para que presente su aspiración y, sobre todo, la visita oficial a Rusia, de la cual regresó con el espaldarazo del presidente Vladimir Putin, era signos claros de un inminente anuncio.

Unas declaraciones en las cuales el ministro de Defensa afirmó que "si mi pueblo y mi Ejército me lo piden, tendré que aceptar (la postulación)" hicieron tangible lo evidente, en especial después que el 25 de enero pasado, durante manifestaciones populares, abundaron las pancartas pidiéndole que acuda a los comicios.

Pero está visto que la política tiene recovecos que la hacen laberíntica y es justo lo ocurrido con el mariscal El Sisi, quien, después de todos esos indicios, mantiene un silencio hermético sobre sus intenciones.

La posibilidad de emitir pronósticos sobre las intenciones del mariscal egipcio, un especialista en inteligencia militar, se complicaron más aún tras el anuncio de la composición del nuevo Gobierno interino, juramentado el pasado 1 de marzo, tras la intempestiva renuncia del anterior a principios de semana.

Para el común de los observadores, el mariscal El Sisi no aparecería en la nómina del gabinete negociado en apenas 72 horas por el nuevo primer ministro interino egipcio, Ibrahim Melheb, paso previo a su paso a retiro como militar y su entrada en la vida civil, a la que llegaría con un apoyo sustancial.

El Sisi fue el arquitecto de la deposición del presidente islamista Mohamed Morsi el pasado 3 de julio y desde entonces en este país se ha desarrollado un culto a su personalidad, basado en la comparación con el extinto presidente Gamal Abdel Nasser.

Los partidarios de la Hermandad Musulmana (HM), de cuya cúpula Morsi era un miembro destacado, lo odian con el mismo fervor místico y han prometido llevarlo al cadalso junto a los demás integrantes del gabinete por defenestrar al mandatario elegido en las urnas.

En los estanquillos de periódicos y en las manifestaciones de apoyo convocadas por las autoridades provisionales, abundan las composiciones fotográficas con los rostros del mariscal y de Nasser; en otras está acompañado con un león rugiente: símbolo de fuerza, decisión y valentía en todo el Universo.

Esas certezas dejaron de serlo tan pronto Melheb anunció la composición de su equipo, integrado por 31 portafolios y, para sorpresa unánime, el mariscal sigue al frente del Ministerio de Defensa y por ende del Ejército, que en Egipto no es un instrumento del poder, sino el poder en sí y por sí.

Las Fuerzas Armadas egipcias, según estimados, controlan más de un tercio de la economía en un abanico que va desde la industria pesada hasta la elaboración del infaltable pan, pasando por el turismo y la construcción.

Además, tienen 468 mil 500 soldados y oficiales sobre las armas y 800 mil reservistas activos, una fuerza considerable cuyo poder de actuación es rápido y decisivo, un hecho que Morsi pasó por alto y le costó el cargo que desempeñó apenas un año.

Esos elementos llevan a pensar que el jefe militar sopesa con cuidado sus próximos pasos y valora la posibilidad de no presentarse en los próximos comicios, sino continuar al frente de las Fuerzas Armadas durante el próximo mandato, dedicado a reducir a su mínima expresión la influencia de la HM y de los grupos armados islamistas.

En ese sentido llama la atención que, de acuerdo con la recién promulgada Constitución, el presidente de la República no es el comandante en jefe del Ejército, una separación de funciones que a la larga puede colisionar con ese objetivo inmediato.

Un diplomático latinoamericano dijo a Prensa Latina en una conversación privada y a condición de anonimato que uno de los mayores errores de las actuales autoridades egipcias es no haber establecido diferencias entre las fuerzas internas que operan en la HM.

En el seno de la cofradía hay sectores islamistas radicales negados a la conciliación, pero también existen fuerzas moderadas y con poder económico con las cuales pudo negociarse un entendimiento tras la deposición de Morsi, según la fuente.

Sea por falta de comprensión de esa característica, o por la voluntad expresa de desarraigar por siempre a la HM, en la actualidad el choque entre islamistas y laicos está en su punto más álgido, anuncio de la probable prolongación de la inestabilidad por los frecuentes disturbios en esta capital y otras ciudades.

En ese contexto es preciso incluir la influencia regional en el razonamiento de las actuales autoridades egipcias, en particular del mariscal El Sisi.

Arabia Saudita, Emiratos Arabes Unidos y Kuwait apuntalaron con unos siete mil millones de dólares al Gobierno interino instalado tras la deposición de Morsi, como una vía de contribuir a detener el auge de la HM, de capa caída por sus dificultades en Turquía, Túnez y Egipto.   Sin dudas, el mariscal egipcio de 59 años es el personaje ideal para completar la tarea de, como mínimo, reducir la influencia de los postulados de lo que se ha dado en llamar Islam político, personificado en la cofradía nacida en Egipto hace 86 años.

La pregunta, cuya respuesta está en un suspenso al mejor estilo del director cinematográfico Alfred Hitchcock, es: ¿El Sisi prefiere hacerlo vestido de civil o con las estrellas de mariscal en sus charreteras?

 

*Corresponsal Jefe de Prensa Latina en Egipto.