El semestre 2025-B en la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMéx) comenzó con la tensión al límite. En la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS), un grupo de estudiantes que buscaba volver a las aulas rompió el silencio que por más de tres meses había impuesto el paro estudiantil. El lunes se convirtió en un día de confrontaciones, gases de extintor, gritos, presencia institucional y, finalmente, un atisbo de diálogo.
A las 08:30 horas, medio centenar de alumnos se reunió frente a las rejas de la facultad, decididos a ingresar. El edificio, como otros 16 en Ciudad Universitaria, permanece cerrado desde abril tras una ola de movilizaciones. La reapertura virtual de clases, anunciada por la administración central, no convenció a quienes exigen la presencialidad. “Queremos regresar a clases”, gritaron con celulares en mano.
La tensión escaló pronto. Algunos rompieron candados y otros forzaron una malla metálica. Desde el interior, estudiantes paristas —que mantienen el control del plantel— respondieron con un extintor. Una nube blanca cubrió a quienes estaban cerca: alumnos, guardias universitarios, autoridades y reporteros. Al menos dos periodistas resultaron afectados en los ojos y vías respiratorias, atendidos por brigadas médicas en el sitio. Los gritos y los reclamos multiplicaron la confusión.

En paralelo, el Enjambre Estudiantil Unificado (EEU), agrupación que sostiene la toma, denunció en redes sociales hostigamiento policial. Aseguraron que el despliegue de fuerzas estatales y municipales en Ciudad Universitaria tenía fines intimidatorios. “Pretenden criminalizar la protesta pacífica”, señalaron en un comunicado. Recordaron que, en hechos anteriores como la irrupción en la Casa del Estudiante, la policía no atendió los llamados de auxilio. Por ello exigieron que la gobernadora Delfina Gómez y el alcalde Ricardo Moreno se mantuvieran al margen, y que se garantizara que las corporaciones no interfirieran.


Poco después de los choques apareció Jorge Vázquez Caicedo, secretario de Gobernanza Universitaria, acompañado de personal de seguridad y representantes de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de México (Codhem). En un ambiente aún enrarecido, propuso lo que hasta entonces parecía imposible: una mesa de diálogo.
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Los ánimos no se habían enfriado. “Nos empujaron, nos gritaron, nos rociaron. Solo queríamos entrar a clases”, relató uno de los alumnos que logró cruzar la reja. La exigencia inmediata fue que los estudiantes que habían ingresado salieran pacíficamente para poder entablar conversaciones. Ramiro Medrano, encargado de despacho de la dirección de la FCPyS, planteó incluir a un mediador externo. La universidad sugirió que fuera la Codhem. Ambas partes aceptaron.




Al mediodía se designaron tres representantes de los alumnos que piden volver a clases, frente a tres integrantes de la asamblea parista y autoridades universitarias. Participaron también la Codhem, Vázquez Caicedo y Medrano. Tras más de dos horas de diálogo se alcanzaron los primeros acuerdos:
- Entrega de instalaciones: el domingo siguiente a las 11:00 h, mediante una faena de limpieza con participación de toda la comunidad.
- Mesa de trabajo: reunión el martes a las 17:00 h entre representantes de ambos grupos.
- Encuentro con el EEU: programado para el jueves, con asistencia de la rectora Martha Patricia Zarza y transporte garantizado para los estudiantes.
El anuncio llegó en un ambiente más sereno. Las rejas fueron reparadas, los grupos se dispersaron y el secretario de Gobernanza concluyó con un llamado: “Lo que aconteció hoy fue una lección para todas y todos. Tenemos que hacer un llamado a la conciliación, a la unidad, a la escucha y al diálogo”.




Mientras tanto, en la Facultad de Humanidades, también en Ciudad Universitaria, el escenario era distinto. Ahí, exalumnos, autoridades y estudiantes paristas conversaban sin gritos ni extintores. Solo palabras. La intención era la misma —liberar los espacios y normalizar las actividades—, aunque el método fue otro: menos beligerante, más diplomático.
La jornada reflejó el desgaste de un paro que supera los tres meses. Asambleas como la Madriguera Cacomixtle y el Enjambre Estudiantil Unificado insisten en que las causas originales no han sido resueltas: denuncian incumplimientos, falta de transparencia y abandono institucional. Del otro lado, los estudiantes que reclaman clases presenciales sostienen que el movimiento ya no representa a la mayoría y que la suspensión vulnera su derecho a la educación.
La universidad se mueve en una línea delgada: preservar la gobernabilidad sin deslegitimar la protesta, y responder a una comunidad cansada, dividida y al borde de la ruptura.




Lo que comenzó con un candado roto y una nube blanca terminó con un llamado a la conciliación. El conflicto en la FCPyS no se resolvió, pero se contuvo. Las heridas siguen abiertas, las posturas permanecen firmes. Si algo dejó claro el lunes, es que la única salida posible pasa por el diálogo, aunque sea lento, tenso y áspero.


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