Teoría de los cristales rotos y Toluca

Desde finales de la década de los 60's del siglo pasado se produjo una teoría criminológica que explicó cómo los signos de desorden social favorecen la comisión de actos delictivos y hacen aumentar la delincuencia. Esta teoría se generó a partir de un experimento de psicología social consistente en abandonar dos autos similares en vecindarios con diferencias en cuanto a condición socioeconómica e índice delictivo. El auto abandonado en la zona marginal e insegura comenzó a ser vandalizado casi de inmediato, pero el que fue dejado en la zona menos marginal y más segura sólo comenzó a serlo cuando los
octubre 26, 2017

Desde finales de la década de los 60's del siglo pasado se produjo una teoría criminológica que explicó cómo los signos de desorden social favorecen la comisión de actos delictivos y hacen aumentar la delincuencia. Esta teoría se generó a partir de un experimento de psicología social consistente en abandonar dos autos similares en vecindarios con diferencias en cuanto a condición socioeconómica e índice delictivo. El auto abandonado en la zona marginal e insegura comenzó a ser vandalizado casi de inmediato, pero el que fue dejado en la zona menos marginal y más segura sólo comenzó a serlo cuando los propios diseñadores del experiemento rompieron una ventana del vehículo, mismo que se había mantenido intacto por varios días.

 

Las conclusiones extrapoladas de este experimento van en el sentido de que las conductas incívicas e inmorales se pueden contagiar, a partir de ciertas señales, como puede ser un cristal roto que nadie atiende y repara, así sea en un auto, en un edificio o una tienda; el mensaje que manda ese desperfecto es: "aquí no hay nadie que cuide de esto", lo cual parece ser interpretado por la gente como una invitación abierta a romper el orden, lo cual se va autoreproduciendo exponencialmente, con lo que el orden y la comunidad empiezan a deteriorarse, a menudo a una velocidad sorprendente.

 

Esta teoría criminológica es la que en su momento fue adoptada por la ciudad de Nueva York y -se dijo- arrojó resultados abatiendo los índices delictivos, bajo la premisa de "tolerancia cero". Eso se refería precisamente a atender el menor signo de descuido, desorden o pequeña transgresión al curso normal de la vida de una ciudad, como medida encaminada a desalentar el vandalismo, las faltas al orden y la delincuencia a diferentes escalas.

 

Valga esta breve retrospectiva teórica para señalar que nuestra ciudad capital, Toluca, parece posicionada en la ruta de mandar los mensajes adecuados para hacer que detone la delincuencia y el deterioro de la comunidad a niveles nunca antes vistos. Es inevitable notar el descuido que tienen la mayoría de las zonas de la ciudad, con baches, basura, comercio informal,  indigencia, desorden vial, pintas e infinidad de comportamientos que atentan contra la civilidad, pero que parece no hay autoridad que atienda.

 

En ocasiones vivir todos los días con esto hace que lo naturalicemos, que nos parezca que "así es" el vivir aquí. Pero eso es un error, las cosas no "son así", más bien dicho "están así", porque las "pequeñas infracciones" que tienen lugar nadie las sanciona, consecuentemente se vuelven lo común, en un marco de "no sanción". Y es que el principio teórico del contagio de las conductas incívicas ha probado su capacidad explicativa en otros entornos: en instituciones u organizaciones en las que se relajan las normas de higiene o éticas y a los empleados les resulta más fácil mentir, faltar a su responsabilidad o descuidar sus deberes; porque cada vez que lo hacen y no se les recrimina se refuerza en ellos la idea de que está permitido eso y más. Es un incentivo negativo.

 

Un pez no da importancia a vivir bajo el agua porque ese es su ambiente, pero los que somos incapaces de hacerlo nos sorprende cómo es que desarrolló esa capacidad. A veces nos ocurre que sólo cuando salimos de la ciudad y notamos que en otros lados se vive distinto, que hay estándares mínimos de orden, limpieza, vigilancia y control podemos contrastarlo con lo que vivimos a diario y llegar a sorprendernos de cómo hemos llegado a desarrollar la capacidad de vivir con inseguridad, en medio del desorden, con calles intransitables, guarniciones y banquetas inservibles, con basura y perros callejeros, con un transporte público salvaje, con un tianguis en cada esquina.

 

Habrá que preguntarnos en serio si está bien acostumbrarnos a esa sensación de abandono, dejadez, o desidia. Quiérase o no, tener eso por cotidianidad va haciendo mella en la ciudadanía y se transforma en el peligroso mensaje de que todo está permitido en esta ciudad, en sus barrios, en sus delegaciones, en sus calles. Que nadie vigila, que nadie se hace cargo.

Síguenos

PUBLICIDAD

BOLETÍN

Únete a nuestra lista de correo

Como tú, odiamos el spam

Síguenos