El trauma de Texcaltitlán ha marcado ineludiblemente al Gobierno del cambio. Si por algo será recordado el primer año de la administración que relevó al PRI en el poder, será justamente por los 14 muertos en la revuelta de Texcapilla. Hace falta mucho más que buenas intenciones y asistencialismo para sanar esa dolorosa herida. Justicia, sin adjetivos, pero en todos los sentidos.
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En las disputas internas de Morena —que las hay como en toda institución política viva, libre y democrática— hay de todo. Lo peor que puede pasar a este partido, hoy el más popular del Estado de México, es que los intereses individuales o de grupo se coloquen por encima del beneficio colectivo. El proceso de “higinización” del cambio no es buen síntoma. El fortalecimiento de esa corriente que pretende imponer su control territorial con cabildos afines y legisladores de su cofradía es un retroceso.
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“Mexiquenses de Corazón” —que no es cosa que “higinismo orgánico”— controla secretarias, municipios y Poder Legislativo local. No les basta, quieren ampliar su hegemonía extendiendo sus áreas de control. El propio alcalde de Ecatepec lo alerta: “no se trata de Azucena, sino de Higinio”. Fernando Vilchis libera la frase sin tibiezas cuando se le cuestiona sobre el crispado ambiente político en la demarcación que gobierna. Pero no solo es Ecatepec, quieren meter la mano en todo.
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Maurilio Hernández, el operador higinista por antonomasia, maniobra para reelegirse una vez más, mantener el control de la bancada morenista —que se proyecta de mayoría absoluta— y con ello el control del Poder Legislativo y quedar en posición de contrapeso de la gobernadora Delfina.
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Por cierto, no se pierdan el podcast con Fernando Vilchis, alcalde Ecatepec, sobre el momentum político en el Estado de México. Hace revelaciones francamente interesantes. Pero si esa conversación fue cautivadora, esperen el próximo lunes el capítulo con Fernando Flores, alcalde de Metepec. Explosiva.

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