- El constructor silencioso;
- El hombre del portafolios;
- El nuevo pacto invisible;
- El prestidigitador contable.
Los tiburones del bienestar
En Naucalpan, se habla mucho de modernización, inversión y bienestar, pero poco del ecosistema financiero que orbita alrededor del municipio. Un grupo de jóvenes empresarios —con tentáculos en MEOR, Galium Capital, ULIV y estructuras de infraestructura como CIPRO— ha entendido que el verdadero margen no está solo en el metro cuadrado, sino en el uso de suelo, la densidad y el permiso oportuno. Son financieros antes que desarrolladores. Y en los gobiernos municipales encuentran algo que ningún mercado les da: capacidad regulatoria inmediata. Bajo la gestión del joven alcalde Isaac Montoya, el discurso del bienestar coincide con la llegada de capital sofisticado. Coincidencia, dirán algunos. Sinergia estratégica, dirán otros. Lo cierto es que cuando parques industriales, renta corporativa y proyectos urbanos avanzan al ritmo del ayuntamiento, la conversación deja de ser inmobiliaria y se vuelve política. ¿Quién define las condiciones? ¿Qué gana el municipio en términos fiscales reales? ¿Y quién captura la plusvalía? En el Valle de México, los tiburones no muerden… negocian. Y, en el agua turbia del desarrollo urbano, el que controla la norma, controla el negocio.
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El constructor silencioso
En el mapa de proveedores que orbitan Naucalpan aparece Construcción e Instalación de Infraestructura Urbana, S.A. de C.V., firma asociada a Daniel Madariaga Barrilado. No es fondo internacional ni family office sofisticado. Es el perfil clásico del contratista urbano: pavimenta, instala, urbaniza. Y, en los ayuntamientos, ese tipo de empresa no vive del mercado abierto, sino del presupuesto público. Mientras el capital financiero mueve parques industriales y renta corporativa, el constructor ejecuta la obra visible: banquetas, drenaje, alumbrado, rehabilitación. El negocio no está en la narrativa de bienestar, sino en la adjudicación oportuna y en la velocidad de pago. En municipios con finanzas tensas, cada contrato implica flujo, anticipo y margen. La pregunta estructural no es si construye, sino cuánto concentra, bajo qué modalidad contrata y qué tan competida es la cancha. Porque en el Valle de México hay tiburones financieros… y también operadores de concreto que saben nadar en agua presupuestal.
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El hombre del portafolio
Víctor Curioca Ramírez no fue un funcionario menor. Fue subsecretario de Administración en el gobierno de Alfredo del Mazo Maza, es decir, uno de los hombres que controlaban el sistema de compras, contratos y flujos presupuestales del Estado de México. El cargo no era ornamental: administrar es decidir quién cobra y cuándo. En 2020, enfrentó acusaciones penales por parte de la Fiscalía General de la República por presunto ejercicio indebido de atribuciones, y su nombre apareció vinculado a señalamientos sobre liberación de recursos en contextos electorales. Después, silencio. Se perdió entre las sombras del relevo político. Hoy, se le ubica lejos del ruido mexiquense, haciendo vida y negocios en Cancún, mientras el sistema que ayudó a operar cambió de manos. En política mexicana, los portafolios no siempre desaparecen; a veces, solo cambian de playa. La pregunta no es dónde vive, sino qué quedó sin explicar del engranaje que administró.
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El nuevo pacto invisible
En Naucalpan, no estamos viendo solo inversión privada ni simple herencia del pasado. Lo que asoma es algo más sofisticado: un reacomodo del poder económico alrededor del municipio. Financieros jóvenes con capital estructurado, operadores del régimen anterior que no desaparecieron, constructores que ejecutan y una autoridad local que administra la llave regulatoria. Nada de esto es ilegal por definición. Es política en su forma más cruda: quién decide, quién autoriza y quién captura la renta urbana. Cuando los ecosistemas de negocios sobreviven a los cambios de gobierno, el mensaje es claro: el poder no se extingue, se adapta. La pregunta no es si hay desarrollo, sino bajo qué reglas se construye y quién audita el diferencial entre el discurso de bienestar y la rentabilidad privada. Porque, en el Valle de México, el concreto se seca rápido, pero las redes de poder permanecen.
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El prestidigitador contable
En Metepec, la contabilidad municipal no la lleva un perfil técnico reconocido por su rigor académico, sino un auditor cuya fama no proviene precisamente de la ortodoxia contable. Javier —viejo conocido del entorno político local— ha sido encargado por Fernando Flores de custodiar los libros y ordenar las cifras. En un municipio donde el presupuesto supera los miles de millones y cada partida implica margen de maniobra, el contador no es figura menor: es quien decide cómo se presenta la realidad financiera. No se trata de rumores de sobremesa, sino de una pregunta institucional: ¿quién audita al auditor? Cuando el encargado de cuadrar cuentas es conocido más por su habilidad para acomodar números que por su trayectoria técnica, el Órgano Superior de Fiscalización debería, por lo menos, seguirle la pista con lupa: las arcas municipales como Mambo Café, con altas y bajas, según el ritmo que marque la noche.

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