La mañana del viernes 15 de septiembre no fue un día cualquiera en las frías y empolvadas calles toluqueñas, y muchos menos para los políticos de Atlacomulco que se vuelven a enquistar en el poder que prestaron seis años.
La capital mexiquense lucio diferente, un movimiento inusual y muy pocas veces visto se registró desde las primeras horas. La ciudad se convirtió en un inexpugnable bunker, cientos de policías estatales y municipales metralla en mano fueron destacados a lo largo y ancho de Toluca, en un operativo que se volvió ofensivo para el ciudadano común y corriente al que le gustaría ver ese tipo de seguridad todos los días.
Las cuatro entradas a la capital mexiquense estuvieron sitiadas. Camiones y camionetas con rango de sospechosas eran revisadas por la gendarmería para evitar que se pudiera enturbiar la toma de protesta.
Antes de las ocho de la mañana comenzaron a llegar autos y camionetas de lujo a la Plaza de los Mártires. Mientras que en la entrada de la Cámara local empezaba el desfile de diputados, invitados especiales y señoritas. Ahí los infaltables apretones de mano, abrazos y besos de rigor.
Adentro, el palomar del recinto legislativo estaba atiborrado y con asientos reservados que se volvían inaccesibles para quien no es parte de la crema y nata de la política mexiquense
Cuando se hacían tañer las campanas de la vieja catedral toluqueña, una improvisada escolta que provocó sonoras carcajadas -por su poca sincronía y poca efusividad- trasladó el lábaro patrio de Palacio de Gobierno a la Cámara local.
Adentro Alfredo del Mazo con la infaltable corbata roja, ya se preparaba para tomar protesta flanqueado por un cabizbajo Eruviel Ávila y del secretario de Gobernación federal Miguel Ángel Osorio Chong.
Luego los protocolos de rigor, el juramento, la perorata y una interminable ovación para el nuevo gobernador quien se retiró del lugar repartiendo abrazos y recibiendo parabienes.
Afuera el evento era indiferente para los amodorrados toluqueños, más preocupados por saber qué grupo animará la verbena nocturna, que en saber qué dijo o qué hará su próximo gobernador.
Minutos después, en el Teatro Morelos ya los esperaba el jet set de la política nacional encabezados por el jefe de Gobierno de la Ciudad de México y varios gobernadores que se dieron cita en el recinto, además de gritones prepagados y simpatizantes priistas encargados de organizar las arengas.
En la acera del recinto nuevas tandas de apretones de mano, abrazos, besos y pequeñas charlas que eran observadas desde lejos por guaruras que habían convertido las calles aledañas en un interminable estacionamiento.
Adentro gritos y aplausos interminables ante una perorata en la que el gobernador entrante se comprometió a tener un Estado de México más seguro al afirmar que la seguridad será el principal eje de su administración.
Al finalizar el mensaje la gente se empujaba con el afán de salir rápido del lugar. ¿Vas al partido-PRI-?, preguntaba un hombre barbón y trajeado. No, me toca andar por acá está en la noche, contestaba su acompañante al quedar atrapados en la salida.
A las 22:30 en Lerdo 300 todo marchaba como se planeó, los vestidos largos, los peinados de salón, los bocadillos y el glamour de los que esta noche se despiden del poder y de los que llegan a instalarse para los próximos seis años. Están los secretarios del Eruviel y también el gabinete de Del Mazo. Apenas hace unas horas se confirmó lo que ya era noticia los nombres de los titulares de las 18 Secretarías; todos están ahí: se saludan, abrazos por aquí, palmadas en la espalda por allá, la foto del recuerdo.
El mejor vino y la mejor comida se guardan para el Salón del Pueblo. El acceso es cerrado. Los invitados comunes y corrientes esperan de pie en el patio central mientras degustan algún antojito mexicano y beben refresco de diversos sabores.
Quienes más llaman la atención son María Irene Dipp de Ávila y Fernanda Castillo de Del Mazo, enfundadas en vestidos largos negro y rojo respectivamente y peinados recogidos salen al balcón flanqueando a los gobernadores.
En la fachada principal de Palacio de Gobierno adornan tres telares verde, blanco y rojo. En el blanco con el escudo del Estado de México se postran el gobernador entrante y el saliente, cada uno acompañado de esposa.
Minutos antes y en contraste, en la plancha principal del Zócalo, quienes hasta hace instantes cantaban las canciones de Pedro Fernández, observan el espectáculo de mapping interactivo que se proyecta sobre Palacio.
Cuando los mandatarios salen, los de la Plaza de los Mártires dirigen sus miradas al balcón como cada año, los observan distantes, lejanos. El contraste de los de arriba y los de abajo, realidades y visiones diferentes: el poder y las carencias. Otros más fijan sus ojos en las pantallas que se instalaron en el lugar.
Un nervioso Eruviel Ávila con voz más débil que firme lanza los primeros ¡Vivas!, Del Mazo ondea la bandera nacional mientras Eruviel toca la campaña. Termina el momento. Eruviel entrega la bandera a Del Mazo quien hace lo propio con el alcalde de la capital Fernando Zamora.
Instantes después el cielo toluqueño estalla con los cientos de juegos pirotécnicos ante la mirada de los presentes. Las luces se extinguen, al igual que el sexenio de Ávila Villegas quien dice adiós con la mano, lanza un beso a quienes llevan horas de pie intentando distraerse de su cotidianeidad, da la espalda, la luz se apaga.
Así termina el día en Palacio de Gobierno con el fin de la administración de Eruviel y el inicio de la gestión de Del Mazo Maza..


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